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– Sospecha que estaba mirando.

– Como usted ha dicho, le gusta el proceso. Para él, es tan importante como el propio acto de matar. Tenemos una nueva hipótesis. -Quincy miró con atención el rostro de Ennunzio-. Es probable que el sospechoso utilice una furgoneta como vehículo para sus correrías. El agente especial Kaplan nos ha informado de que últimamente entra y sale de la base una cantidad inusualmente elevada de furgonetas, que pertenecen a los diferentes obreros que trabajan en las obras que se están realizando.

Ennunzio cerró los ojos con fuerza y asintió.

– Eso encajaría.

– En estos momentos, Kaplan está examinando la lista de trabajadores en busca de alguien que haya vivido previamente en Georgia. Eso nos proporcionará un nombre, aunque creo que ya será demasiado tarde.

Ennunzio abrió los ojos y observó a la pareja con intensidad.

– El sospechoso quería Quantico, lo consiguió y ahora ya no lo necesita -prosiguió Quincy-. La acción está ahí fuera y creo que es allí donde debemos ir si deseamos tener alguna oportunidad de encontrarle. Así pues, doctor, ¿qué sabe usted que todavía no nos haya contado?

El lingüista forense pareció genuinamente sorprendido, después receloso y, por último, cautelosamente sereno.

– No entiendo su pregunta.

– Creo que está muy interesado por este caso.

– Es mi trabajo.

– Se ha centrado en las llamadas cuando, de hecho, usted trabaja con notas.

– Todo pertenece a la lingüística.

– Estamos dispuestos a aceptar cualquier teoría -intentó Quincy, por última vez-. Incluso las más confusas, las que están a medio confeccionar.

Ennunzio vaciló.

– No lo sé. Simplemente hay algo…, una sensación que tengo de vez en cuando. Pero las sensaciones no son hechos y, teniendo en cuenta mi trabajo, debería tenerlo claro.

– ¿Cambiaría algo si le dijera que tenemos tres pistas más? -preguntó Rainie.

– ¿Cuáles son?

– Agua, algún tipo de residuo y arroz crudo. Creemos que seremos capaces de rastrear el agua y el residuo, pero no tenemos ninguna pista sobre el arroz.

Ahora Ennunzio les miraba con una sonrisa curiosa en el rostro.

– ¿Arroz?

– Crudo y de grano largo. ¿Le dice algo?

– Según dicen, a ese tipo le gustan los terrenos peligrosos, ¿verdad? ¿Las zonas despobladas donde hay pocas posibilidades de que las víctimas sean encontradas por accidente? Oh, es bueno, muy bueno…

– ¿Qué diablos sabe, Ennunzio?

– Sé que en mi juventud me gustaba practicar la espeleología. Y ahora sé que a nuestro sospechoso también le gusta. ¡Deprisa! ¡Tenemos que hacer una llamada!

Capítulo 38

Virginia

15:12

Temperatura: 38 grados

El sol brillaba en lo alto del cielo, cociendo el pozo de Tina y haciendo que el barro se agrietara y cayera para mostrar tentadoras zonas de supurante piel quemada que despertaron el apetito de los mosquitos. Pero a Tina ya no le importaba. Apenas sentía dolor.

Ya no sudaba ni tenía ganas de orinar, a pesar de que habían transcurrido más de doce horas. No, ni la más mínima gota de agua abandonaba ya su cuerpo. La deshidratación era severa, pero ella seguía centrada en su tarea, con la carne de gallina y tiritando sin cesar debido a algún escalofrío profundo y antinatural.

Las rocas no le habían resultado de utilidad, pues eran demasiado grandes para hurgar con ellas en la madera podrida. Entonces había recordado su bolso y había vertido su contenido en un desordenado montón sobre el centro de la roca. Allí estaba la lima de uñas de metal. Mucho mejor.

Ahora estaba agujereando las traviesas de ferrocarril, creando con desesperación asideros para las manos y los pies mientras los mosquitos se enjambraban sobre su rostro, las moscas amarillas le mordían los hombros y el mundo giraba a su alrededor sin parar.

La lima se le cayó de las manos. Se arrastró por el suelo, jadeando con fuerza. Le temblaba el pulso. Para localizar la lima entre el barro tuvo que realizar un esfuerzo excesivo. Cuidado, otra serpiente.

Le gustaría cerrar los ojos. Le gustaría hundirse en la confortable hediondez del cieno. Sentiría cómo se deslizaba por su cabello, por sus mejillas y por su cuello. Entonces, separaría los labios y lo dejaría entrar en su boca.

Luchar o morir, luchar o morir, luchar o morir. Todo dependía de ella, pero cada vez le resultaba más difícil saber qué prefería.

Tina recuperó la lima y siguió trabajando en las traviesas de madera, mientras el sol ardía sobre su cabeza.

– ¿Adónde voy? ¿Giro a la derecha? De acuerdo, ¿y ahora qué? Espera, espera, has dicho derecha. No, seguro que no has dicho izquierda. Maldita sea, dame un segundo. -Mac pisó los frenos y avanzó marcha atrás diez metros por el viejo camino de tierra. Kimberly iba, sentada a su lado, intentando encontrar su posición en un mapa del estado de Virginia. La mayoría de los caminos que seguían no aparecían en dicho mapa, de modo que Ray Lee había optado por guiarles telefónicamente por aquel terreno tan irregular como la conexión telefónica.

– ¿Qué? ¿Puedes repetirlo? Sí, pero solo oigo una palabra de cada cuatro. ¿Murciélagos? ¿Qué ocurre con los murciélagos?

– Espeleólogos… equipos de rescate… murciélagos… en coche -dijo Ray.

– ¿El hombre murciélago viene en su batmóvil? -preguntó Mac, en el mismo instante en que Kimberly gritaba:

– ¡Cuidado!

Alzó la mirada justo a tiempo de ver que un árbol gigantesco se desplomaba sobre la carretera.

Pisó los frenos.

– Ohhhhh -jadeó Nora Ray, desde el asiento trasero.

– ¿Estáis bien?

Kimberly miró a Nora Ray, Nora Ray miró a Kimberly y ambas asintieron a la vez. Mac decidió dejar de conducir y centrarse en la llamada.

– Ray, ¿a qué distancia nos encontramos?

– … cinco… seis… os.

– ¿Kilómetros?

– Kilómetros -confirmó Ray.

De acuerdo, se olvidarían del maldito coche y caminarían.

– ¿Cómo vendrá el equipo? -preguntó Mac.

Ray había recibido órdenes estrictas de reunir a los mejores expertos que pudiera encontrar para formar un equipo de campo. Brian Knowles, el hidrólogo, y Lloyd Armitage, el palinólogo, ya estaban a bordo. Ahora, Ray intentaba encontrar a un geólogo forense y a un botánico especializado en carsts. En teoría, para cuando Mac, Kimberly y Nora Ray encontraran y rescataran por arte de magia a la víctima número tres, el equipo de Ray ya habría llegado, analizaría las pistas y localizaría a la víctima número cuatro.

El juego estaba muy avanzado, pero estaban haciendo todo lo posible por recuperar el tiempo perdido.

– Murciélagos… espeleólogos… murciélagos…

– ¿Has pedido murciélagos como voluntarios?

– Búsqueda y rescate -explotó Ray-. ¡Caverna!

– Un grupo de voluntarios de búsqueda y rescate. ¡Ah, en la gruta! -A Mac ni siquiera se le había ocurrido aquella posibilidad. Kimberly había investigado qué relación podía tener el arroz con los diferentes condados sobre los que habían limitado la búsqueda y, por casualidad, había dado con una artículo sobre la caverna Orndorff. Al parecer, era el hábitat natural de un isópodo en vías de extinción, un diminuto crustáceo blanco que medía aproximadamente seis milímetros. Para resumir la larga historia, algunos políticos habían intentado, construir un aeropuerto en la zona, pero los ecologistas lo habían evitado utilizando el Acta de Especies en Peligro de Extinción. Entonces, uno de los políticos había dicho que el progreso no se detendría por culpa de un simple grano de arroz y, desde entonces, los especialistas en carsts habían bautizado con ese nombre al isópodo de la Caverna de Orndorff.