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Y cuando llegara al otro lado sería recibida por un camarero vestido de esmoquin, cargado con una bandeja de plata repleta de esponjosas toallas blancas.

Soltó una carcajada. Los delirios ya no le preocupaban demasiado, pues eran la única fuente de alegría que podía tener.

Los fragmentos de madera llovían sobre su cabeza y el dolor repentino y fiero que sintió en sus brazos fatigados le recordó su tarea. Exploró el agujero que acababa de hacer con las yemas de los dedos. Podía doblarlos en aquella tosca abertura. Había llegado el momento de moverse de nuevo. ¿Cómo era aquel viejo tema televisivo? Tenía que seguir adelante, hasta la cima, donde por fin obtendría un pedazo del pastel.

Con gran dolor obligó a su cuerpo a dar un paso más; su trasero sobresalía precariamente y sus brazos temblaban por el esfuerzo. Avanzó diez agotadores centímetros y, entonces, quedó encallada una vez más.

Había llegado el momento de hacer otro agujero. El brazo izquierdo le dolía demasiado para poder soportar su peso, así que se sujetó con el derecho y escarbó el agujero con la mano izquierda. Los movimientos eran torpes. No sabía si estaba haciendo un agujero o si estaba arrancando el conjunto del tablero, pues le resultaba demasiado difícil mirar.

Se aferró a la pared con sus temblorosas piernas y sus extenuados brazos. Enseguida tuvo hecho el siguiente agujero y llegó el momento de dar un paso más. Entonces cometió el error de mirar hacia arriba y estuvo a punto de echarse a llorar.

El cielo estaba tan arriba. ¿A cuánta distancia? ¿A tres o cuatro metros? Las piernas le dolían y los brazos le ardían. No sabía cuánto más podría aguantar y solo había recorrido dos metros y medio. Tenía manos y pies de araña, pero no la fuerza de ese animal.

Solo deseaba su lago. Deseaba flotar entre sus frías olas. Deseaba nadar hasta el otro lado y fundirse entre los brazos de su madre, para llorar con pesar y pedirle perdón por todas las cosas malas que le había hecho.

Que Dios le diera fuerzas para trepar por aquella pared. Que Dios le diera valor. Su madre la necesitaba y su bebé también. No deseaba morir como una rata en una trampa. No deseaba morir en soledad.

Solo un agujero más, se dijo a sí misma. Trepa y haz un agujero más. Entonces podrás regresar al barro a descansar.

Hizo un agujero más. Y después otro. Y entonces se prometió a sí misma, entre jadeos, que solo necesitaba hacer otro más…, que se convirtió en dos y después en tres, hasta que al final había logrado escalar unos tres metros y medio.

Ahora la imagen era aterradora. No debía mirar abajo. Tenía que seguir adelante, aunque sus hombros se le antojaran demasiado elásticos. Era como si las articulaciones hubieran cedido y ya no los sujetaran. Se tambaleó diversas veces y tuvo que sujetarse con los dedos; sus hombros chillaban, sus brazos ardían y ella gritaba de dolor, aunque tenía la garganta tan seca que solo lograba emitir una especie de graznido, el sonido de protesta de una lija.

Siguió trepando. Hacia la cima. Por fin iba a conseguir un pedazo del pastel.

Lloraba sin lágrimas. Se sujetaba con desesperación a la madera podrida y a las frágiles enredaderas, esforzándose en no pensar en lo que hacía. Había superado el umbral del dolor. Había rebasado el límite de su resistencia.

Visualizó a su madre. Visualizó a su bebé y siguió adelante, haciendo un agujero y después otro más.

Cuatro metros y medio. El borde superior estaba tan cerca que podía ver los hierbajos que asomaban por el saliente. La vegetación de la superficie. Su boca reseca se hizo agua ante aquel pensamiento.

Se quedó mirando durante demasiado tiempo y olvidó lo que estaba haciendo. Entonces, su cuerpo exhausto y deshidratado no pudo aguantar más. Alzó la mano, pero sus dedos se negaron a sujetarse a la pared.

Y Tina cayó hacia atrás.

Por un momento, sintió que quedaba suspendida en el aire. Podía ver sus brazos y piernas agitándose, como si fueran los de un estúpido dibujo animado. Entonces, la realidad se impuso y la gravedad reclamó su cuerpo.

Tina aterrizó en el barro.

Esta vez no gritó. El barro la engulló por completo y, después de todos estos días de encierro, Tina no protestó.

Cuarenta y cinco minutos después, Kimberly seguía hablando. Hablaba sobre el agua y la comida y el calor del sol. Hablaba sobre el tiempo y la temporada de béisbol y los pájaros que volaban por el cielo. Hablaba sobre los viejos y nuevos amigos y lo bueno que sería conocerlos en persona.

Hablaba sobre resistir. Hablaba sobre no tirar nunca la toalla. Hablaba sobre los milagros y el hecho de que podían hacerse realidad si tan solo lo deseabas con la suficiente fuerza.

Entonces Mac salió de entre los árboles y, en cuanto vio su rostro, Kimberly dejó de hablar.

Diecisiete minutos después, el cadáver fue extraído del pozo.

Capítulo 40

Condado de Lee, Virginia

19:53

Temperatura: 36 grados

El sol inició su descenso, navegando entre naranjas y brillantes olas de calor. Las sombras crecían, pero el calor seguía siendo asfixiante. Y en la serrería abandonada, los vehículos empezaban a amontonarse.

En primer lugar llegaron nuevos miembros de los equipos de búsqueda y rescate, que ayudaron a retirar del pozo el cuerpo sin vida de una joven de corto cabello castaño. Su vestido de flores amarillas estaba hecho harapos debido a la acidez del agua y tenía las uñas de ambas manos rotas y sucias, como si hubiera estado arañando frenética las duras paredes de dolomía.

El resto de su cuerpo estaba azulado e hinchado. Josh Shudt y sus hombres habían encontrado su cadáver flotando en el largo túnel que conectaba la entrada del sumidero de la caverna con la cámara principal. Tras retirarlo, se habían dirigido a la sala de la catedral y allí, sobre un anaquel, habían encontrado una garrafa de agua vacía y un bolso.

Según el carné de conducir, el nombre de la víctima era Karen Clarence y hacía tan solo una semana que había cumplido veintiún años.

No les llevó demasiado tiempo averiguar el resto. El asesino había abandonado a la víctima, sin duda alguna drogada e inconsciente, en la cámara principal. El tragaluz de la tobera que se alzaba a doce metros de altura le habría ofrecido un poco de luz durante las horas del día, la suficiente para que advirtiera la presencia de un estanque poco profundo de agua de lluvia relativamente potable a su izquierda y una corriente de agua tóxica y sumamente contaminada a su derecha. Era posible que hubiera permanecido quieta en el anaquel durante un tiempo. Quizá hubiera probado el agua del pequeño estanque y hubiera sido mordida por uno de sus estresados habitantes, el cangrejo blanco carente de ojos o los diminutos isópodos del tamaño de un grano de arroz. Y también era posible que hubiera tropezado con una serpiente de cuello rojo.

Fuera como fuera, era muy posible que la joven hubiera acabado mojada. Y cuando estás mojado en un entorno en el que hay una temperatura constante de doce grados, solo es cuestión de tiempo que sufras hipotermia.

Shudt les había hablado de un espeleólogo que había sobrevivido dos semanas perdido en los ocho kilómetros de túneles serpenteantes de una gruta subterránea. Por supuesto, él había llevado encima el equipo adecuado y una bolsa llena de barritas energéticas. Además, se había perdido en una caverna en la que el agua era potable y, según la leyenda local, daba buena suerte beber en ella.