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Soy fácil de encontrar. No tengo pérdida, siempre estoy aquí.

– Bueno, ¿qué te ha alejado de tus estantes esta vez?

– Me preguntaba si tenemos el móvil de Gavin.

– ¿Para qué lo necesitas?

– Por si no podemos localizarlo. Su teléfono se cortó, pero a lo mejor puede recibir llamadas aunque no pueda realizarlas.

– Ya tenemos trabajo esta noche, y no consiste en buscar a Gavin.

– Me gustaría saber que está bien, ¿a ti no?

– Me gusta saber dónde están mis empleados, está claro -dice, y al hablar en voz alta es consciente de su sonrisa-. Vale, déjamelo a mí.

Jill se toma su tiempo, y lo más importante, el de la tienda. Una vez suelta el teléfono examina el techo como si pensara que no ha dicho bastante. Mientras regresa a su sección, no con tanta ansia como a él le gustaría, Woody está a punto de decirle por megafonía que se acuerde de sonreír, pero no hay clientes, exceptuando a los dos hombres sentados en los sillones cuyas calvas cabelleras lucen tan brillantes como una roca pulida. ¿Y si mañana tampoco hay clientela? Al menos todo estará ordenado para la visita. Quizá debería alegrarse de que Gavin no esté para minar la imagen de la tienda, no solo con su constante somnolencia, sino también con esa tontería que al menos no le ha llegado a contar a Jill. Si el mismo material se ha grabado en más de un casete, eso quiere decir que el mismo cliente falsificó las cintas dos veces y usó a otra persona para devolver la segunda, eso si es que no se trastocaron los recibos. Si Gavin planea seguir dando la lata con eso, quizá Woody debería averiguar dónde se encuentra. Enciende el ordenador.

El escritorio de Windows parece no tener prisa por aparecer. Pasan demasiados segundos antes de que en la pantalla aparezcan varios símbolos rudimentarios que se agitan y oscurecen. Un temblor recorre la superficie bajo el cristal como si estuviera despertando o a punto de hacerlo, y Woody cree ver una turbulencia similar en el monitor de seguridad; casi piensa que el suelo bajo sus pies se mueve también. No es de extrañar que esté cansado, pero no va a dejar que lo noten sus empleados. Se las arregló para cabecear intermitentemente en su despacho la noche anterior, y no necesitará de más descanso hasta que acabe el día de mañana. No le estaría pidiendo al equipo que se mantuviera despierto toda la noche si no se hubiera demostrado que él mismo puede hacerlo. Cierra los ojos durante lo que seguramente son unos momentos, y cuando mira de nuevo, la pantalla está repleta de iconos listos para ser cliqueados.

Abre la lista de empleados y parpadea para verla claramente. ¿No hay demasiados nombres? Esa idea recalienta sus ojos y su cerebro hasta que se da cuenta de que Ray ha añadido a Frank a la columna y no ha quitado a Lorraine, pues se supone que debe seguir en ella para que sus padres cobren el último cheque de su salario. Cuando Woody se convence que no hay ningún nombre intruso, hace clic sobre el de Gavin para ver sus datos. La tienda tiene su número de móvil y el de su casa.

El móvil da señal de llamada. En teoría se ha quedado sin batería, a no ser que Gavin lo haya apagado. ¿Y si estaba mintiendo y realmente estaba durmiendo en casa? Woody deja sonar ese teléfono hasta que pierde la cuenta de los tonos, pero sin respuesta, ni siquiera de un contestador automático. En realidad, espera que Gavin esté camino de casa; pueden pasar sin sus contagiosos bostezos en una noche propicia para ellos, o sin sus irrelevantes preocupaciones. Si esto significa que el resto del equipo tiene que trabajar más duro, ¿no va eso a provocar que se unan más? Tienen toda la noche para hacerse a su ausencia. Un esfuerzo extra es un pequeño precio a pagar a cambio de un mejor rendimiento, sin la presencia de Gavin, Lorraine o Wilf.

Woody está soltando el teléfono cuando oye movimiento en la oficina de afuera. Una mirada a las figuras grises agachándose como animales en un abrevadero le da una idea de quién es.

– Nigel -lo llama.

Estoy aquí, no allí dice su cabeza como gastándose una broma a sí misma.

La piel de Woody se está tensando ante la idea de que Nigel se esté uniendo a Gavin en su intención de causar confusión en la tienda, pero se da cuenta de que Nigel piensa que estaba usando el teléfono para llamarle. Woody agita las manos antes de colgarlo.

– Acabo de hablar con Gavin -le dice a Nigel-. No parece estar intentado unirse al equipo con demasiado empeño, por lo que parece. A lo mejor se ha quedado en casa viendo vídeos.

– ¿Por qué eso concretamente?

– Me dice que le diste un par de vídeos, supongo que olvidaste que son propiedad de la tienda.

– Fueron devueltos. No quieres que nadie los vea, entonces.

– Puedo hacerlo yo en la tienda de vídeos si es necesario. ¿Por qué pones esa cara, no confías en mí?

– Estoy seguro de que todos debemos hacerlo. ¿Por qué lo preguntas? No deberías cargarte con tanta responsabilidad, si me permites que te diga -sugiere. Cuando Woody no deja de sonreír, Nigel se echa hacia atrás, y Woody piensa que se ha retirado, hasta que le habla a Ray-: ¿No crees, Ray? ¿No está Woody intentando abarcar demasiado?

– Debo decir que tienes aspecto de estar bajo una gran tensión, Woody -dice Ray, apareciendo junto a Nigel-. Recuerda que nos tienes a nosotros y a Connie para darte todo el apoyo que necesites.

– Hay mucho que hacer -dice Woody, sintiendo como su sonrisa se ensancha-. Parece que va a haber que colocar las existencias de Gavin, aparte de lo de Lorraine y Wilf.

– Nos referíamos a las presiones de la dirección -dice Nigel.

– ¿Sí? Yo pensaba en lo mejor para la tienda, y eso consiste en bajar todos los libros, vídeos y discos compactos a la sala de ventas y ponerlos en orden. ¿O esperáis que haga vuestra parte? Pensé que hace un momento me decíais que ya hago bastante.

Ray y Nigel intercambian una miradas que se supone no quieren que Woody advierta y que le traen a la mente la imagen de dos colegiales en la puerta del director de la escuela.

– Podemos hacerlo, ¿verdad? -le dice Nigel a Ray-. Llámalo un partido si quieres. Yo colocaré para el equipo de los estofados y tú para los mancos. [4]

Ray le mira fijamente y se le acelera la respiración.

– No sabía que te fueran los deportes.

– Eso es un poco duro por tu parte, Ray. Jugaba al criquet en mi colegio, y cubría bien mi posición.

– A nosotros nos gusta el fútbol, a los de Manchester. Nos ponemos agresivos y jugamos duro.

– Perdona si no use la palabra adecuada. Mancunianos, ¿es esa mejor?

– Puedes usar todas las palabras que quieras, querido. Lo importante es que ahora sabemos lo que piensas.

Al principio parecen dispuestos a alargar su discusión, pero Nigel se gira. Ray le sigue, y Woody también, después de apagar el ordenador. Ray y Nigel cargan carros entre el ruidoso estruendo de libros y madera. Woody encuentra un carro junto al montacargas y lo llena de puñados de libros de Gavin, luego lo manda para abajo y, para cuando la puerta del montacargas se vuelve a abrir, ya está allí esperándolo. Seguidamente, lo aparca en la sección de Vida Salvaje.

– ¿Contactaste con Gavin? -se acerca Jill a preguntarle.

– Lo intenté con los dos números. Nadie en casa y nada en el otro.

Woody ha empezado a ordenar su carro a modo de indicación para que vuelva a su trabajo cuando Agnes se suma al interrogatorio.

– ¿Qué le ha pasado a Gavin? -cree tener derecho a saber.

– ¿Jill? Tú eres única que ve algún problema.

– Llamó para decir que estaba perdido en la niebla, y ahora dices que su móvil está inoperativo, ¿verdad, Woody?

– Alguien debería llamar a la policía, ¿no crees, Jill? No sabemos lo que le puede haber pasado.

– Eso me dejaría más tranquila.

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[4] N. del T.: Traducción libre de los apodos que el personaje usa para los habitantes de Liverpool y Manchester respectivamente, en el primer caso algo ofensivo: Scouses y Manks.

5 N. del T.: «Pantanoso» en inglés.