– Oh, este sitio está lleno de comida -dijo alegre-. Siempre lo está. Brenda ha estado cocinando toda la mañana; no sabe qué hacer… ahora que sólo estoy yo.
– Te encuentras mejor -fue todo lo que Wexford le dijo cuando ella le acompañó hasta la puerta.
– Lo estoy superando, sí. -Pero parecía que las cosas habían ido más lejos. Wexford tuvo la impresión de que de vez en cuando ella intentaba volver a su antigua desdicha, por cuestión de normas, por decencia. Pero ser desdichada ya no era natural. Lo natural era estar contenta. Sin embargo, Daisy dijo, como si algún sentimiento de culpabilidad se hubiera apoderado de ella-: En cierto sentido, nunca lo superaré, nunca lo olvidaré.
– Por lo menos, no durante un tiempo.
– En otro sitio sería peor.
– Espero que lo reconsideres. Las dos cosas: lo de irte de aquí y lo de la universidad. Por supuesto, la universidad… no es asunto mío.
Ella hizo algo asombroso. Se hallaban en el umbral de la puerta, ésta estaba abierta y él a punto de marcharse. Ella le arrojó los brazos al cuello y le besó. Los besos aterrizaron, cálidos y firmes, en ambas mejillas. Wexford sintió junto a él un cuerpo que hervía de placer, de alegría.
Se soltó con firmeza.
– Por favor -dijo como había dicho a veces a sus hijas, mucho tiempo atrás y en general inútilmente-, compláceme haciendo lo que te pido.
El agua seguía salpicando de modo regular la laguna y los peces saltaban en las pequeñas olas.
– ¿Estamos diciendo -preguntó Burden- que el vehículo que utilizaron se fue, y quizá llegó, a través del bosque? Era un jeep o un Land Rover o algo construido para ser utilizado en terreno duro y el conductor conocía ese bosque como la palma de su mano.
– Andy Griffin sin duda lo conocía -dijo Wexford-. Y su padre lo conoce, quizá mejor que nadie. Gabbitas lo conoce y también, en menor grado, Ken Harrison. No cabe duda de que las tres personas muertas lo conocían y, que sepamos, Joanne Garland también podía, igual que miembros de su familia pueden conocerlo.
– Gunner Jones dice que no cree que ahora pudiera encontrar el camino. ¿Por qué decirme eso si no estaba seguro de que podía? No le pregunté. Fue una información gratuita. Y estamos hablando de alguien que conducía a través del bosque, no que corría a pie, lo que con tal de que se siguiera el olfato o una brújula tarde o temprano probablemente le llevaría a uno a un camino. Este tipo tenía que estar preparado para conducir un engorroso vehículo de cuatro ruedas a través del bosque a oscuras y las únicas luces que se atrevería a encender serían las de posición y quizá ni siquiera ésas.
– El otro caminaba delante de él con una linterna -dijo Wexford con sequedad-, como en los primeros tiempos del automovilismo.
– Bueno, quizá sí. Todo ello me resulta difícil de imaginar, Reg, pero ¿qué alternativa existe? No hay manera de que no se cruzaran con Bib Mew o Gabbitas si iban por el camino de Pomfret Monachorum, a menos que Gabbitas fuera uno de ellos, a menos que fuera el otro.
– ¿Qué te parece la idea de una moto? Supongamos que se abrieron paso en el bosque a oscuras en la moto de Andy Griffin.
– ¿No distinguiría Daisy el ruido de una moto al ponerse en marcha del de un coche? Por alguna razón, no puedo imaginarme a Gabbitas en el asiento trasero de la moto de Andy. Gabbitas, no necesito recordártelo, no tiene coartada para la tarde y atardecer del 11 de marzo.
– ¿Sabes, Mike?, en los últimos años ha ocurrido algo bastante extraño con las coartadas. Cada vez resulta más difícil establecer coartadas sólidas y rápidas. Eso va en contra de los delincuentes, por supuesto, pero también les va bien. Tiene algo que ver con el hecho de que la gente lleva una vida más aislada. Hay más gente que nunca, pero la vida de cada individuo es más solitaria.
En el rostro de Burden apareció la mirada vidriosa que a veces se instalaba en él cuando Wexford empezaba a hablar de lo que él catalogaba como «filosofía». Wexford se estaba volviendo ultrasensible a este cambio de expresión y, como no tenía nada más que decir que tuviera valor en el presente caso, interrumpió sus observaciones y deseó buenas noches a Burden. Pero siguió pensando en las coartadas mientras conducía a casa, en cómo los sospechosos eran capaces de lograr que sus afirmaciones fueran más o menos corroboradas.
Los hombres, en tiempos de recesión y elevado desempleo, iban al pub con menos frecuencia de lo que solían. Los cines estaban vacíos mientras la televisión tentaba a su audiencia. El cine de Kingsmarkham había cerrado cinco años atrás y lo habían convertido en un emporio del bricolaje. Había más gente que nunca que vivía sola. Menos hijos mayores vivían en casa. A última hora de la tarde y por la noche, las calles de Kingsmarkham, de Stowerton, de Pomfret, estaban vacías, no había ni un coche aparcado, ni un peatón, sólo tráfico pesado circulando, cada camión con un solitario conductor. En casa, en habitaciones individuales o pequeñísimos pisos, un hombre solo o una mujer sola miraba la televisión.
Esto explicaba, en cierta medida, los problemas para establecer el paradero de casi todas estas personas aquella noche de marzo. ¿Quién podía apoyar la afirmación de John Gabbitas y la de Gunner Jones, o, puestos en ello, la de Bib Mew? ¿Quién podía corroborar dónde había estado Ken Harrison, o John Chowney o Terry Griffin más que, en el caso de ambos, sus respectivas esposas, cuyo testimonio era inútil? Todos habían estado en casa, o camino de su casa, solos o con su esposa.
Decir que Gunner Jones había desaparecido sería expresarlo demasiado fuerte. Una visita a la tienda de equipos deportivos de Holloway Road confirmó que Gunner se había ido unos días de vacaciones, no había dicho adonde, a menudo se iba. Wexford apenas pudo evitar ver ahí la coincidencia, si era coincidencia. Joanne Garland tenía una tienda y se había marchado. Gunner Jones, que la conocía, que mantenía correspondencia con ella, tenía una tienda y a menudo se marchaba. Se le había ocurrido otra cosa, que Wexford estaba preparado para admitir que podría considerarse revolucionario. Gunner Jones vendía equipo deportivo, Joanne Garland había convertido una habitación de su casa en un gimnasio y la había llenado con equipo deportivo.
¿Estaban juntos, y si era así, por qué?
Los propietarios del Rainbow Trout Inn de Pluxam, en el Dart, estuvieron más que dispuestos a decirle al sargento detective Vine todo lo que sabían del señor G. G. Jones. Era un cliente regular cuando se hallaba por allí. Ellos alquilaban algunas habitaciones a visitantes y él se había alojado allí en una ocasión, pero sólo una. Desde entonces siempre alquilaba el cottage de al lado. No era exactamente la puerta de al lado, a los ojos de Vine, sino unos buenos cincuenta metros por el sendero que conducía a la orilla del río.
¿El once de marzo? El concesionario del Rainbow Trout sabía exactamente de qué estaba hablando Vine y no necesitó explicaciones. Sus ojos brillantes de animación. El señor Jones sin duda había estado allí del diez al quince. Lo sabía porque el señor Jones nunca pagaba sus bebidas hasta que se iba, y tenía un registro de sus gastos de aquellos días. A Vine le pareció una suma increíblemente grande para un hombre. En cuanto al día once, el concesionario no sabría decirlo, no tenía registrado que el señor Jones fuera allí aquella noche, no anotaba las fechas en su cuenta.
Desde entonces no había visto a Gunner Jones ni lo había esperado. Entonces no había nadie en el cottage. El propietario dijo a Vine que no tenía más reservas para Gunner Jones para aquel año. Había alquilado la casita cuatro veces y siempre había estado solo. Es decir, nunca había entrado en él con nadie más. El propietario le había visto una vez tomando una copa en el Rainbow Trout con una mujer. Sólo una mujer. No, no podía describírsela aparte de decir que no le había impresionado por ser demasiado joven para Gunner ni demasiado mayor. Lo más probable era que Gunner Jones estuviera en aquellos momentos pescando en alguna otra parte del país.