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21.35 h. Continúa la crisis de llanto inaplacable. Doy por hecho que la otitis ha empeorado. Se supone que si un bebé tiene fiebre y llora más de una hora seguida hay que llevarlo de inmediato a urgencias. Te tomo la temperatura. Tienes unas décimas.

21.45 h. Abort mission. Consuelo se va a la cena. Yo me quedo en casa, complejo de culpa obliga. Tú sigues llorando.

21.50 h. Decidimos llevarte a urgencias.

22.00 h. En el preciso y justo instante en el que salíamos los tres (padres y bebé) por la puerta (y tras el consiguiente zafarrancho de preparar bolsa de niña: pañales, biberón, cambiador, muda de repuesto, bla, bla, bla, buscar mi cartilla de la Seguridad Social, tu cartilla de vacunación y libro de familia), te callas de golpe. Me planteo entonces salir corriendo y coger un taxi a ver si llego a tiempo, pero no tengo coche y la casa donde se celebra la cena está en Aravaca. Si te pasara algo, tu padre puede avisarme al móvil, pero ¿es factible encontrar un taxi por aquellos lares?

22.10 h. Asumo que me tengo que quedar en casa con el pelo recién lavado, el ojo pintado y mis galas puestas. Recuerdo aquella frase de que la frustración fortalece el carácter. No me sirve de nada.

Te odio.

Fue llegar y besar el santo. Prácticamente desde mi llegada a NY ya me había convertido en la acompañante oficial de un hombre talentoso, guapo, rico y despampanante: el Famoso Músico Negro [2], que me gustaba como no me había gustado nadie en la vida. Apenas pisaba la habitación que había alquilado excepto para cambiarme de ropa al principio y, más tarde, ni siquiera para eso desde que el FMN me compró ropa suficiente como para no tener que tirar de la antigua. Dicen que el dinero no hace la felicidad, pero desde luego ayuda mucho una vez que alguien la ha encontrado, porque hay una diferencia abisal entre quedar con tu amor y salir al cine y a tomar dos cañas y quedar con tu amor y salir a cenar a Bouley o Le Bernardin y luego hacerte un recorrido por los mejores clubs de la ciudad en los que, por supuesto, no tienes que esperar en la inmensa cola que hay en la puerta porque basta con que inclines ligeramente la cabeza para que el portero te deje pasar, y en los que sabes que siempre puedes pedir lo que quieras, todas las copas que desees o hasta champán si te viene a la cabeza, sabiendo que no hay problemas de presupuesto, porque para eso está la Visa Platino de tu acompañante (vale, yo nunca pido champán ni insisto en que sea de verdad francés, menuda horterada, pero eso no quita que sea un alivio saber que si te apetece puedas hacerlo). Ya sabemos que el amor es amor en cualquier parte, pero reconozcamos que, cuando existe, ayuda mucho a vivirlo el disponer de un foft enTribeca (concretamente en el mismo edificio en el que habían vivido John John Kennedy y su mujer), un pequeño paraíso urbano impoluto, inmaculado (gracias al buen oficio de una asistenta que se pasaba a limpiar cada mañana, pero a la que sólo vi una vez, porque normalmente para cuando nos levantábamos ella ya se había ido, dejando, eso sí, unas sábanas limpias y planchadas para que pudiéramos mudar la cama), como una imagen del Architectural Digest hecha realidad, y también es cierto que cuando hace un calor húmedo que se te pega en la piel ayuda mucho el que el loft disponga de aire acondicionado regulado, por cierto, por un diminuto ordenador que habla, sí, habla, y con seductora voz femenina te ruega que le indiques la iluminación deseada, temperatura ambiental adecuada y el tipo de música que te apetece escuchar en ese momento, puesto que el piso entero está controlado por semejante ingenio que a veces, a qué negarlo, acojona un poco y recuerda al HAL de 2001: Odisea en el espacio. Aquel apartamento carecía de cualquier tipo de interruptor ya que, por lo visto, y según me explicaría más tarde el FMN, la última teoría del interiorismo posmoderno consiste en eliminarlos porque éstos resultan antiestéticos y rompen con la armonía minimalista de las paredes. Claro que si el calor se hacía excesivo (es fácil en la ciudad que la temperatura rebase los cuarenta grados y poco menos que se derrita el asfalto) siempre quedaba el recurso de coger el coche y largarse a la casita a pie de playa de New Jersey, pues el amor es amor en cualquier parte y circunstancia, pero parece más amor si los enamorados pueden pasarse el fin de semana sesteando y retozando en el jardín con esporádicos chapuzones en la piscina y alguna que otra raya de coca para matar el rato.

En fin, y resumiendo: yo vivía en una nube, absolutamente fascinada, obnubilada y prendada, más todos los adjetivos terminados en -ada que se te ocurran y que quieras añadir. La lástima es que el amor exige, al menos en el primer estadio, una idealización del objeto amado, y yo dispongo de una fantasía enorme (ergo, una gran capacidad de idealizar), pero eso no me impedía advertir algunos pequeños detalles que contribuían a que el pedestal sobre el que yo misma había colocado a mi amor se tambalease bastante, resultando pues que el objeto de mis deseos se mantenía en un equilibrio ciertamente precario.

Por ejemplo, el FMN no leía. Y cuando digo que no leía es que no leía nada, ni siquiera el periódico porque de las noticias se enteraba a través de la CNN. La maravillosa casita de New Jersey tenía de todo: un bar repleto, sillas de Philippe Starck, varias litografías de Taaffe (compradas en el MOMA y colocadas allí por el diseñador de interiores, supongo, porque más tarde descubrí que el FMN ni siquiera sabía quién era Philip Taaffe), un jacuzzi redondo más grande que el dormitorio de mi apartamento en Madrid… Pero ni un solo libro. Miento: había un volumen de fotos de Chet Baker, creo. Recuerdo que una vez mencioné a Madame Bovary en una conversación (eso sí, no recuerdo a cuento de qué) y el FMN me preguntó que quién era Madame Bovary.

– ¿De verdad no sabes quién es Madame Bovary? -pregunté.

– Hummm, el nombre me suena… Una ópera, ¿no? Es que yo de ópera no entiendo.

– No, querido. La ópera es Madame Butterfly.

La verdad, yo había salido con todo tipo de hombres, y algunos de ellos no los denominaría como lumbreras, pero nunca hasta entonces con alguien parecido. Aunque lo cierto es que tampoco me importaba. Me decía que son pocos los yankis que leen, y que además existen grados de cultura. El FMN, por ejemplo, poseía un conocimiento casi enciclopédico de discos y grabaciones de jazz (te podía recitar de memoria, por ejemplo, la lista de discos de Miles Davis, por año y con productores), así que yo pensaba que lo uno por lo otro y procuraba buscar temas de conversación que no incluyeran la literatura. Y es que, al fin y al cabo, la conversación no era el ingrediente más importante de nuestra relación. Qué importaba que no leyera si, a qué negarlo, poco me importaba lo que él me contara, si las palabras acababan por perder su significado borrado por la acariciadora tibieza de su profunda y negra voz de bajo, si el color y el matiz y la textura de su tono me hacían subir y bajar como si el asfalto de la ciudad no fuera sino una enorme ola lisérgica y yo la espuma de su cresta, si me parecía flotar muy por encima de la vida, navegando en un mar más allá del cual las realidades cotidianas -hipotecas pendientes, facturas impagadas, plazos vencidos de créditos a cuenta-, varadas en la orilla, menguaban desde la distancia, haciéndose cada vez más y más pequeñas hasta convertirse en meros puntos insignificantes en el horizonte, para finalmente desaparecer.

Había otro detalle que en un principio me encantaba y luego acabó por incomodarme. A él yo le gustaba. Le gustaba mucho. Le gustaba de verdad, físicamente, me explico. Yo nunca me he tenido por el bellezón del siglo, entre otras cosas porque desde pequeña me quedó muy claro en mi casa que belleza, lo que se dice belleza, era la de Laureta, mientras que lo de Asun y yo no era otra cosa más que brillante medianía. Así que, consciente de dicha medianía, toda la vida he procurado seducir desde la simpatía y la conversación, y lo cierto es que tampoco me había ido tan mal, o al menos no peor que a ninguna de mis amigas. Y bueno, siempre he estado acostumbrada a que mis novios me dijesen que les gustaba que yo fuera tan cariñosa, o tan divertida, o incluso tan leída, pero nunca esperé que alabasen mi cuerpo, cosa que, por otra parte, tampoco solían hacer. Y lo primero que me sorprendió del FMN es que parecía que mi cuerpo le encantaba, que le encantaba de veras, incluso si le sobraban siete kilos o quizá precisamente por eso. Me envaneció que alguien se fijara tan atentamente en mi existencia como ser físicamente amable. Pero dejando aparte ese breve momento de vanagloria en el cual todavía no sé si el asombro tuvo más importancia que la verdadera vanidad, la sensación era más bien de incomodidad, como si se me hubiera concedido un premio destinado a otra que lo mereciese o lo desease más que yo. Por ejemplo, mi pecho, el mismo que ha sido la mayor fuente de complejos desde la adolescencia, el que me he pasado media vida intentando ocultar con remedios tan ineficaces como sujetadores reductores y chaquetas largas incluso en verano, el culpable de que en mi pubertad me pasara las horas muertas en la playa de Santa Pola con una camiseta XL y sólo me atreviera a bañarme a primera hora de la mañana, cuando no había allí más que cuatro viejecitas, sí, ese mismo pecho le tenía fascinado hasta unos extremos que resultaban francamente incómodos, pues se pasaba el día magreándolo, incluso en público, y a la hora de hacer el amor se concentraba tanto en él que cualquiera que nos hubiese visto habría pensado que, a causa de una extraña broma genética, yo tenía el clítoris localizado en el canalillo de la misma forma que Linda Lovelace aseguraba tenerlo en la garganta.