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—Sí.

Sir Samuel hizo una pausa. Luego dijo:

—¿Usted conocía íntimamente a la difunta Mary Gerrard?

—Sí.

—¿Qué opinión tenía usted de ella?

—Era una muchacha muy simpática... y muy buena.

—¿Era de carácter alegre?

—Muy alegre.

—¿Tenía alguna pena?

—Que yo sepa no.

—Cuando ella murió, ¿había alguna cosa que le preocupase sobre su futuro?

—Nada.

—¿No tenía ningún motivo para haberse suicidado?

—En absoluto.

La historia condenatoria siguió. Cómo la enfermera Hopkins acompañó a Mary al pabellón, la aparición de Elinor, su estado de excitación, la invitación a tomar los emparedados, el plato ofrecido primero a Mary... La sugerencia de Elinor de que se lavara todo, y luego que la enfermera subiese con ella al cuarto y la ayudase a clasificar las ropas.

Hubo frecuentes interrupciones y objeciones por parte de sir Edwin Bulmer.

Elinor pensó: «Sí, es cierto...., y ella lo cree. Ella está segura de que yo lo hice. Y todo lo que dice, palabra por palabra, es la pura verdad; eso es lo que resulta más horrible. Todo es verdad.»

Una vez más, al mirar en torno a la sala, vio el rostro de Hércules Poirot observándola pensativamente, casi bondadosamente. Viéndola, sabiendo tanto...

El trozo de cartón con el pedazo de etiqueta fue entregado a la testigo.

—¿Sabe usted lo que es esto?

—Un pedazo de etiqueta.

—¿Puede usted decir al Jurado qué clase de etiqueta?

—Sí; es parte de la etiqueta de un tubo de tabletas de morfina. Tabletas de medio gramo, como el tubo que yo perdí.

—¿Está usted segura?

—Naturalmente que estoy segura de ello. Es la etiqueta de mi tubo.

El juez dijo:

—¿Hay alguna señal especial por la cual usted pueda identificar que es la etiqueta del tubo que perdió?

—No, señor; pero debe de ser la misma.

—Entonces, ¿todo cuanto puede decir es que es exactamente similar?

—Sí; eso es lo que quiero decir.

La sesión se levantó.

2

LA DEFENSA ACTÚA

I

Era otro día.

Sir Edwin Bulmer estaba de pie, interrogando. Ya no hablaba con suavidad. Dijo ásperamente:

—Esa cartera de que tanto hemos oído hablar, ¿fue dejada en el recibidor de Hunterbury, el veintiocho de junio, toda la noche?

La enfermera Hopkins asintió.

—Fue un acto de negligencia por su parte, ¿no es verdad?

Miss Hopkins enrojeció.

—Sí, supongo que lo fue.

—¿Tiene usted la costumbre de dejar drogas peligrosas abandonadas por cualquier parte, en donde cualquier persona pueda cogerlas?

—No, desde luego que no.

—¡Ah! ¿No? Pero ¿usted lo hizo en esa ocasión?

—Sí.

—Y es un hecho que cualquiera de la casa, de haberlo querido, podía haber cogido esa morfina, ¿no es verdad?

—Supongo que sí.

—Nada de suposiciones. Es así, ¿no es verdad?

—Sí.

—No era miss Carlisle la única persona que pudo haberla cogido. Cualquiera de las criadas pudo hacerlo. O el doctor Lord. O mister Roderick Welman. O la enfermera O’Brien. O la misma Mary Gerrard.

—Supongo que sí.

—Es así, ¿no es verdad?

—Sí.

—¿Había alguien que supiera que usted tenía morfina en la cartera?

—Lo ignoro.

—¿Habló usted a alguien de esto?

—No.

—Así, en realidad, ¿miss Carlisle no podía saber que había morfina allí?

—Podría haber mirado para comprobarlo.

—Eso es muy improbable, ¿no es cierto?

—Lo ignoro.

—Había algunas personas que tenían más probabilidad que miss Carlisle de saber que allí había morfina. Por ejemplo, el doctor Lord. Él, seguramente, lo sabía. Usted administraba esa morfina bajo sus órdenes, ¿no es verdad?

—Desde luego.

—¿Mary Gerrard también sabía que usted tenía esa morfina allí?

—No, no lo sabía.

—Ella iba a menudo a su casa, ¿no es cierto?

—No muy a menudo.

—Yo le sugiero a usted que ella iba allí con mucha frecuencia, y que, de entre toda la gente de la casa, era la que probablemente podía saber que en su cartera había morfina.

—No estoy de acuerdo con eso.

Sir Edwin Bulmer hizo una pausa.

—¿Dijo usted a miss O'Brien por la mañana que la morfina había desaparecido?

—Sí.

—Supongo que lo que usted realmente le dijo fue lo siguiente: «He dejado la morfina en la casa. Tendré que ir a buscarla.»

—No, no dije eso.

—¿No sugirió usted que había dejado la morfina sobre la repisa de la chimenea de su casa?

—Cuando no la encontré, pensé que eso era lo que había ocurrido.

—¡En realidad, usted ignoraba lo que había hecho con ella!

—Sí, yo ya sabía lo que había hecho con ella. La puse en la cartera.

—En ese caso, ¿por qué sugirió la mañana del veintinueve de junio que la había dejado en su casa?

—Porque pensé que podía haberla dejado allí.

—Declaro que es usted una mujer muy descuidada.

—No es cierto.

—Usted hace a veces declaraciones inexactas, ¿no es verdad?

—No. Tengo mucho cuidado con lo que digo.

—¿Hizo usted una observación acerca de un pinchazo de un rosal el veintisiete de julio, el día de la muerte de Mary Gerrard?

—¡No veo que esto tenga alguna relación con ello!

El juez intervino:

—¿Es eso pertinente, sir Edwin?

—Sí, excelencia; es una parte esencial de la defensa, y abrigo la intención de llamar a algunos testigos para demostrar que esa declaración era falsa.

Continuó:

—¿Insiste usted en que se pinchó la muñeca con un rosal el veintisiete de julio?

—Sí.

La enfermera Hopkins tenía un aire de reto.

—¿Cuándo fue eso?

—Poco antes de salir del pabellón, al subir a la casa, en la mañana del veintisiete de julio.

Sir Edwin adoptó un aire escéptico.

—¿Y qué rosal fue ése?

—Uno que hay fuera del pabellón, con flores encarnadas.

—¿Está usted segura de ello?

—Completamente segura.

Sir Edwin hizo una pausa, y luego preguntó:

—¿Insiste en decir que la morfina estaba en la cartera cuando usted fue a Hunterbury el veintiocho de junio?

—Sí. La llevaba encima.

—¿Y si miss O'Brien sale a declarar y jura que usted dijo que probablemente la dejó en casa?

—Estaba en mi cartera. Estoy segura de ello.

Sir Edwin suspiró:

—¿No se puso intranquila al notar la desaparición de la morfina?

—No...; intranquila..., no.

—¡Ah!, ¿estaba usted completamente tranquila, a pesar de que una gran cantidad de una droga peligrosa había desaparecido?

—No pensé en aquel momento que alguien la hubiese cogido.

—Comprendo. Simplemente que usted no recordaba por el momento lo que había hecho con esa morfina.

—De ninguna manera; estaba en la cartera.

—Veinte pastillas de medio gramo, es decir, diez gramos de morfina. Lo bastante para matar a varias personas, ¿no es verdad?

—Sí.

—Pero usted no se siente intranquila, y ni siquiera comunica oficialmente la pérdida.

—Pensé que no ocurriría nada.

—Expongo que si la morfina realmente hubiese desaparecido de la manera que desapareció, usted estaba obligada, como persona consciente, a comunicar la pérdida de manera oficial.

La enfermera Hopkins, enrojecido el rostro, dijo:

—Pues no lo comuniqué.

—Seguramente que eso fue, por su parte, un acto de negligencia criminal... Al parecer, no considera usted muy en serio sus responsabilidades. ¿Pierde usted con frecuencia esas drogas peligrosas?

—Nunca me ha sucedido.

Continuó así durante algunos minutos.