Mike dejó pasar un camión, que no redujo la velocidad para no rebasar el límite eléctricamente controlado de Elm Haven, y entonces pedaleó a través de la Hard Road, atajando por la parte de atrás del comercio de tractores, rodeando el pequeño parking hacia el sur y volviendo por el estrecho callejón de detrás del Parkside Café y la Taberna de Carl.
Aparcó la bici contra la pared de ladrillos y se dirigió a la abierta puerta de atrás. Pudo oír las carcajadas de una media docena de hombres en el oscuro salón de delante y el lento giro del gran ventilador. La mayoría de los hombres del pueblo habían firmado una vez una instancia solicitando que se instalase aire acondicionado en la Taberna de Carl -habría sido el único edificio público de la ciudad que lo habría tenido además de la nueva oficina de Correos-, pero según rumores que Mike había oído, Dom Stagle se había echado a reír y había dicho que quién se imaginaban que era, que si lo habían confundido con un político o algo parecido. Mantendría fría la cerveza y quien no quisiera beber allí podía ir con viento fresco al Arbol Negro.
Mike se echó atrás cuando alguien tiró de la cadena de un retrete, se abrió una puerta a poca distancia en el callejón de atrás y entró alguien pesadamente en el salón de delante, gritando algo que hizo soltar carcajadas a los clientes habituales. Mike miró de nuevo: había allí dos lavabos, uno de ellos con el rótulo de CABALLEROS y el otro con el de SEÑORAS, y una tercera puerta con un letrero de PROHIBIDO EL PASO. Mike sabía que esta última puerta cerrada era la que conducía a bodega; él mismo había ayudado a bajar garrafas allí para ganar algún dinero.
Mike entró, abrió aquella puerta, pasó a lo alto de la escalera del sótano y volvió a cerrar sin hacer ruido. Esperaba oír gritos y pisadas, pero el ruido del salón de delante apenas si llegaba aquí, y su tono no cambió en absoluto. Bajó cuidadosamente la oscura escalera, pestañeando en la oscuridad. Había ventanas a lo largo de la alta cornisa de piedra, pero habían sido cerradas con tablas hacía decenios, y la única luz era la que se filtraba a través de las rendijas de la madera y las capas de polvo de los cristales exteriores.
Mike se detuvo al pie de la escalera, viendo los montones de cajas de cartón y los grandes barriles de metal en el fondo de la larga bodega. Más allá de un pequeño tabique de ladrillos, había unos altos estantes. Mike recordó vagamente que era donde Dom guardaba el vino. Cruzó de puntillas el amplio espacio.
Aquello no era propiamente una bodega, como las de los libros de Dale donde viejas botellas polvorientas yacían sobre pequeños soportes individuales en los estantes; aquí no había más que los estantes, donde Dom depositaba sus cajas de vino. Mike se dirigió a tientas hacia la derecha y encontró las cajas, tanto con el tacto como con la vista. Se quedó escuchando por si se abría la puerta y entraban los ricos olores de malta y de cerveza. Una telaraña se enredó en su cara y la apartó de un manotazo. «No es extraño que Dale aborrezca los sótanos.»
Encontró una caja de cartón abierta en un estante de atrás, palpó hasta agarrar una botella y entonces se detuvo. Si la cogía, sería la primera vez en su vida que hurtaba algo deliberadamente. Por alguna razón, de todos los pecados que conocía, el hurto le había parecido siempre el más grave. Nunca había hablado de esto, ni siquiera a sus padres, pero cualquiera que robase algo merecía más que desprecio por parte de Mike. Una vez Barry Fussner había sido sorprendido hurtando lápices de otros niños en el segundo curso, y sólo le había valido unos pocos minutos en el despacho del director, pero Mike nunca había vuelto a dirigir la palabra a aquel gordinflón. Mirarle le daba asco.
Pensó que tendría que confesar el hurto. Sintió que le ardía la cara de vergüenza al imaginarse la escena: él, arrodillándose en el confesionario a oscuras; la cortinilla descorriéndose a un lado, de manera que a duras penas podía ver el perfil del padre C. a través de la rejilla; después, él mismo murmurando «Me acuso, padre, porque he pecado», diciendo el tiempo que había transcurrido desde su última confesión y empezando su relato. Pero de pronto la cabeza inclinada y atenta del padre Cavanaugh se apoyaría en la rejilla, y Mike vería los ojos muertos y la boca como un embudo apretados contra la madera, y entonces empezarían a salir a chorros los gusanos, cayendo sobre las manos cruzadas y los brazos levantados y las rodillas de Mike, y cubriéndole con sus formas pardas y ondulantes…
Mike cogió la maldita botella y salió de estampida.
El Bandstand Park era sombreado, pero no hacía fresco en él. El calor y la humedad acechaban tanto en las sombras como en las partes soleadas. Pero al menos el sol no le quemaba el cráneo a través de los cabellos cortados en cepillo. Había alguien o algo, debajo del gran quiosco de música. Mike se agachó ante una abertura del enrejado y miró al interior: el soporte de madera tenía menos de un metro desde el suelo elevado hasta el borde del piso de hormigón, pero el «sótano» de debajo del quiosco era de tierra, y por alguna razón había sido ahondado al menos un palmo y medio por debajo del nivel del suelo circundante. Olía a tierra mojada, a fango y a un suave hedor de descomposición. «Dale aborrece los sótanos; yo aborrezco estos espacios donde hay que andar a rastras.»
En realidad no había que arrastrarse. Mike habría podido ponerse en pie con tal de agachar la cabeza. Pero no lo hizo. Desde la abertura trató de distinguir la masa oscura que se movía ligeramente en el otro extremo del bajo espacio.
«Cordie dice que hay otras cosas que contribuyeron a matar a Duane, cosas que excavan la tierra.»
Mike pestañeó y resistió el impulso de montar en la bici y largarse de allí. El bulto del otro extremo del espacio de debajo del quiosco de música parecía un viejo envuelto en una raída trinchera -Mink había llevado aquella trinchera en invierno y en verano durante media docena de años- y además olía como Mink. Junto con el fuerte olor a vino barato y a orina se percibía un aroma almizcleño que era característico del viejo mendigo y que podía haber sido la causa de su apodo [4].
– ¿Quién está ahí? -dijo una voz cascada y gangosa.
– Soy yo… Mike.
– ¿Mike? -El tono del viejo era el de un sonámbulo que se despierta en un lugar extraño-. ¿Mike Gernold? Creía que te habían matado en Bataan…
– No, soy Mike O'Rourke. ¿Recuerdas que tú y yo trabajamos juntos en el jardín de la señora Duggan el verano pasado? Yo segaba el césped y tú podabas los arbustos.
Mike se deslizó a través del agujero del enrejado. Aquello estaba oscuro, aunque no tanto como el sótano de Carl. Pequeños diamantes de luz resplandecían sobre el suelo irregular del lado oeste del pozo circular, y Mike pudo ver ahora la cara de Mink: los ojos legañosos y las mejillas mal afeitadas, la nariz enrojecida y el cuello peculiarmente pálido, la boca del viejo…, y Mike pensó ahora en la descripción que había hecho Dale del señor McBride el día anterior.
– Mike -farfulló Mink, masticando el nombre como si fuese un trozo de carne que no pudiese triturar con tan pocos dientes-. Mike… sí, el hijo de Johnny O'Rourke.
– El mismo -dijo Mike, acercándose, pero deteniéndose a más de un metro de Mink.
Con la arrugada y desmesurada trinchera del viejo borracho, los periódicos desparramados a su alrededor, una lata de Sterno y el brillo de botellas vacías…, había un sentido territorial en aquella parte del círculo del quiosco. Mike no quería invadir el espacio del anciano.