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– Helen puede acompañarte. Yo haré algunas preguntas por aquí. A Tommy le gustará formar equipo conmigo. Después, nos reuniremos con vosotras cuando… ¡Maldición! He dejado el carrete de la casa en tu cámara. Si revelamos las fotografías, estoy seguro de que… Temo que lo gasté todo.

Deborah sonrió. Él comprendió por qué. Empezaba a hablar como ella.

– Lo iré a buscar. Está en mi habitación.

Deborah salió. St. James se acercó a la ventana del gabinete y miró el jardín, cubierto por el manto de la noche. Sólo las sombras definían los arbustos. Los senderos eran oscuras líneas grises.

St. James reflexionó sobre los elementos dispersos de la vida y muerte de Mick Cambrey que habían salido a la luz aquella noche. Se preguntó cómo encajarían. Lady Asherton había dicho que Mick tenía entre manos algo importante. Estaba trabajando en Londres en una historia. Una gran historia. St. James pensó en esto y en las posibles conexiones de la historia con Tina Cogin.

Cabía suponer que era la amante de Mick, una mujer oculta en Londres para sus placeres clandestinos. Sin embargo, Deborah había llegado a la conclusión, tras una primera impresión, una conversación y un encuentro con Mick, de que era una prostituta, y no solía equivocarse. Si esto era cierto, cabía deducir un vínculo lógico e ineluctable a la vez con un reportaje. Cabía pensar que Mick ocultaba a la mujer en Londres no para su propio placer, sino para protegerla, como fuente de una historia que podía catapultar su nombre a las primeras planas de los periódicos. No sería la primera vez que una prostituta estuviera implicada en una noticia importante, ni sería la primera vez que por culpa de una prostituta rodaran cabezas y se truncaran carreras, y ahora, con Mick asesinado y su sala de estar registrada, quizá con la esperanza de encontrar la dirección londinense de Tina, estos detalles no parecían ser absurdos. Al contrario, el conjunto adoptaba una apariencia aterradoramente plausible.

– ¡Simon!

Deborah entró corriendo en la sala. Él se apartó de la ventana y vio que estaba temblando y se abrazaba como si tuviera frío.

– ¿Qué pasa?

– Sidney. Hay alguien con Sidney. He oído la voz de un hombre. La he oído gritar. Se me ha ocurrido que tal vez Justin…

St. James no esperó a que terminara la frase. Salió de la sala como una exhalación y se precipitó por el pasillo principal hacia el ala noroeste. Su angustia crecía a cada paso, al igual que su ira. Todas las imágenes de la tarde se materializaron de nuevo ante él. Sidney en el agua. Sidney en la arena. Brooke a horcajadas sobre ella, golpeándola, arrancándole la ropa. Pero ahora no le separaba de Justin Brooke ningún acantilado. Dio gracias por ello.

Tan sólo los muchos años de trato con su hermana impidieron a St. James irrumpir en la habitación. Deborah se quedó a su lado, mientras él aplicaba el oído a la puerta. Oyó los gritos de Sidney, oyó la voz de Brooke, oyó los gemidos de Sidney. Maldita sea, pensó. Cogió a Deborah por el brazo, la apartó de la puerta y la guió por el largo pasillo que conducía a la habitación de la joven, en la esquina sur de la mansión.

– ¡Simon! -susurró ella.

Él no contestó hasta que llegaron a su habitación y| cerraron la puerta.

– No pasa nada -dijo-. No te preocupes.

– Pero yo oí…

– Deborah, Sidney está bien. Créeme.

– Pero…

Deborah comprendió de repente. Tragó saliva y ocultó el rostro.

– Pensé que… -empezó, pero desechó el esfuerzo-. ¿Por qué seré tan idiota?

Simon quiso contestar, aliviar su vergüenza, pero sabía que cualquier comentario sólo serviría para empeorar las cosas. Frustrado, irritado por los cambios operados en sus vidas y que parecían condenarle a la inactividad, paseó la mirada por la habitación, como si pudiera ofrecerle una respuesta. Reparó en los empandados de roble negro de las paredes, en los escudos de armas de los Asherton dispuestos en los frisos de yeso que adornaban la repisa de la chimenea, en el alto techo que se confundía con la oscuridad. Una inmensa cama imperial ocupaba casi todo el espacio. Grotescas figuras que se retorcían entre flores y frutos estaban talladas en la cabecera. Un lugar horrible para estar solo, pensó. Tuvo la impresión de encontrarse en un sepulcro.

– Siempre ha resultado un poco difícil entender a Sidney -dijo St. James-. Ten paciencia con ella, Deborah. No podías saber lo que estaba pasando. No hay problema. De veras.

Ante su sorpresa, Deborah se revolvió enfurecida.

– Sí que hay problema. Sí que lo hay, y tú lo sabes. ¿Cómo puede hacer el amor con él después de lo que ha ocurrido hoy? No lo entiendo. ¿Está loca? ¿Lo está él?

Era una pregunta que implicaba al mismo tiempo su respuesta. Porque se trataba de una auténtica locura, apasionada e indecente, que arrasaba todo cuanto se interponía en su camino.

– Está enamorada de él, Deborah -contestó por fin St. James-. ¿Es que no enloquece un poco la gente cuando se enamora?

Ella respondió con una mirada. St. James observó que tragaba saliva.

– Voy a buscar el carrete -dijo Deborah.

12

El Ancla y la Rosa se hallaba situada en el lugar más estratégico de todo Nanrunnel. No sólo se gozaba desde su amplia ventana salediza de una excelente y despejada vista del puerto, capaz de satisfacer a quien buscara con más ahínco la atmósfera de Cornualles, sino que se alzaba justo delante de la única parada de autobús de Nanrunnel y era, como resultado, el primer edificio que un visitante sediento veía cuando desembarcaba, procedente de Penzance o regiones más distantes. Sus desiguales muros de sillería estaban hechos de granito cortado toscamente, y tejas de pizarra servían de techo. Era una taberna antigua, de maderaje erosionado por las tormentas y el aire salado y con un curioso reloj asentado bajo el frontón que marcaba permanentemente las ocho y cuarto.

El interior de la taberna estaba entregado a un lento proceso de deterioro. Las paredes, en otro tiempo color crema, habían virado hacia el gris, efecto de generaciones de humo desprendido del hogar, puros, pipas y cigarrillos. Una trabajada barra de caoba, agrietada y manchada, se curvaba desde la antesala al bar, y el rodapié metálico se veía muy desgastado por años de uso. Mesas y sillas, igualmente deterioradas, se encontraban esparcidas sobre el gastado piso, y el techo era tan convexo, que parecía inminente un desastre arquitectónico.

Cuando St. James y lady Helen entraron, poco después de que la taberna abriera por la mañana, se encontraron solos con un enorme gato atigrado, aposentado en la ventana salediza, y una mujer que estaba secando detrás de la barra innumerables jarras de cerveza. Los saludó con un cabeceo y continuó con su trabajo, sin quitarle los ojos de encima a lady Helen, hasta que ésta se detuvo junto a la ventana y acarició al gato.

– No se fíe -dijo la mujer-. Es capaz de arañarla. Es muy malo cuando quiere.

Como si intentara demostrar que era una mentirosa, el gato bostezó, se estiró y ofreció su corpulento estómago a lady Helen. Al verlo, la mujer bufó y amontonó jarras sobre una bandeja.

St. James se acercó a la barra, meditando que, si ésta era la señora Swann, se había quedado atrapada en el estadio del pichón, pues nada en ella recordaba a un cisne. [5] Era robusta y sólida, de ojos minúsculos y cabello gris encrespado, en evidente contradicción con su apellido, y vestía una falda tirolesa y una blusa de campesina.

– ¿Qué quiere tomar? -preguntó, sin dejar de secar.

– Es un poco temprano para mí -contestó St. James-. De hecho, hemos venido para hablar con usted, si es la señora Swann.

– ¿Y quién quiere saberlo?

St. James se presentó, así como a lady Helen, que había tomado asiento junto al gato.

– Ya sabrá que Mick Cambrey ha sido asesinado -dijo.

– Todo el pueblo lo sabe, eso y que se la cortaron. -Sonrió-. Da la impresión de que Mick recibió por fin su merecido. Bien separado de su juguete favorito, ¿eh? Seguro que se armará una buena, cuando todos los maridos del pueblo vengan a celebrarlo esta noche.

– ¿Debo entender que Mick sostenía relaciones con algunas mujeres del pueblo?

La señora Swann introdujo su puño cubierto con un paño en una jarra y la frotó vigorosamente.

– Mick Cambrey se lió con todas las que le dieron la oportunidad.

Dicho esto, se volvió hacia los estantes vacíos situados detrás de ella y empezó a colocar jarras boca abajo sobre las esteras. El mensaje implícito era clarísimo: no tenía nada más que decirles.

Lady Helen intervino.

– En realidad, señora Swann, quien nos preocupa es Nancy Cambrey. Hemos venido a verla por ella, sobre todo.

Los hombros de la señora Swann perdieron cierta rigidez, aunque no se volvió cuando habló.

– Pobre chica, Nance. Casada con ese desgraciado.

Sus rizos se agitaron de disgusto.

– Muy cierto -prosiguió con cautela lady Helen-. Se encuentra en una situación horrible, ¿verdad? No sólo han asesinado a su marido, sino que la policía ha interrogado a su padre.

El interés de la señora Swann se avivó de inmediato. Dio la vuelta, los brazos en jarras, y los miró. Abrió y cerró la boca. Después, la abrió de nuevo.

– ¿John Penellin?

– En efecto. Nancy intentó decirle a la policía que anoche había hablado por teléfono con su padre, y que por tanto no pudo asesinar a Mick en Nanrunnel, pero…

– Y lo hizo -afirmó la señora Swann-. Ya lo creo que lo hizo. Sí, señor. Me pidió prestados diez peniques para la llamada. Ni un céntimo en el monedero, gracias a Mick. -Se lanzó en picado hacia este tema secundario-. Siempre le quitaba el dinero. El suyo, el de su padre y el de cualquiera que cayera en sus manos. Siempre iba detrás de la pasta. Quería llegar a ser un pez gordo.

– ¿Está usted segura de que Nancy habló con su padre? -preguntó St. James-. ¿No pudo ser con otra persona?

La duda de St. James ofendió a la señora Swann. Le apuntó con el dedo para subrayarlo.

– Pues claro que era su padre. Me cansé tanto de esperarla (debió de tardar sus buenos diez o quince minutos), que fui a buscarla a la cabina y la saqué a rastras.

– ¿Dónde está la cabina?

– Frente al patio de la escuela. Justo en Paul Lane.

– ¿La vio hacer la llamada? ¿Podía ver la cabina?

La señora Swann relacionó ambas preguntas y llegó a una velocísima conclusión.

– ¿No estará pensando que Nancy mató a Mick, que se llegó a la casa, le dio lo suyo y volvió tranquilamente a servir cervezas?

– Señora Swann, ¿se puede ver la cabina desde el patio de la escuela?

– No. ¿Y qué? Yo misma saqué a la chiquilla de allí dentro. Estaba llorando. Dijo que su padre estaba muy enfadado porque ella había pedido prestado dinero a alguien y quería hacer las paces con él.

La señora Swann apretó los labios, como si ya hubiera dicho todo cuanto deseaba, pero luego pareció que una burbuja de cólera hubiera crecido y estallado en su interior, porque prosiguió con voz aún más firme.

– Y no culpo al padre de Nancy por eso. Todo el mundo sabía adonde iba a parar el dinero que Nancy le daba a Mick. Se lo pasaba en el acto a sus queridas, ¿sabe? Tan pagado de sí mismo, el asqueroso gusano. Se le subió la universidad a la cabeza, y más aún sus disparatados escritos. Empezó a pensar que podía vivir de acuerdo con sus propias normas, en la misma oficina del periódico. Recibió lo que merecía.

– ¿En la oficina del periódico? -preguntó St. James-. ¿Se citaba con mujeres en la oficina del periódico?

La señora Swann indicó el techo con un brusco cabeceo.

– Justo al final de la escalera, sí, señor. Hay una bonita habitación en la parte trasera. Con catre y todo. Un perfecto nidito de amor. Se jactaba de sus hazañas. Estaba orgulloso de todas. Hasta guardaba trofeos.

– ¿Trofeos?

La señora Swann se inclinó hacia adelante y depositó sus enormes pechos sobre la barra. Arrojó su aliento cálido a la cara de St. James.

– ¿Qué diría usted de unos panties, jovencito? Dos pares diferentes en su escritorio. Harry los encontró. Su padre. No hacía ni seis meses que había salido del hospital, pobre hombre, y se topó con aquello. En el cajón superior del escritorio, como si tal cosa, y ni siquiera estaban limpios. Menudo follón se armó entonces.

– ¿Nancy los descubrió?

– No era Nancy la que gritaba, sino Harry. Vas a ser padre, le dijo, y además está el periódico, nuestra familia, ¿es que no hay nada que pueda satisfacer tus caprichos? Y le dio un puñetazo tan fuerte a Mick, que le creí muerto por el ruido que hizo al caer al suelo. Se abrió la cabeza con el borde de una cómoda, pero al cabo de uno o dos minutos bajó la escalera como un rayo, perseguido por su padre.

– ¿Cuándo ocurrió esto? -preguntó St. James.

La señora Swann se encogió de hombros, como si su furia se hubiera calmado.

– Harry se lo dirá. Está arriba.

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[5] Swan significa «cisne». (N. del T.)