Deborah siguió a lady Helen hacia la diminuta cocina, preguntándose qué dirían si entraba por la puerta y las sorprendía registrando sus pertenencias, y contempló en un estado de creciente nerviosismo cómo su amiga abría los aparadores. Sólo había dos, que contenían artículos de primera necesidad en los envoltorios más pequeños posibles: café, sal, azúcar, condimentos, un paquete de bizcochos salados, una lata de sopa, otra de pomelo troceado y una de cereales. Sobre un estante había dos platos, dos cuencos, dos tazas y cuatro vasos. En el estante inferior había una botella de vino, abierta y llena en sus dos tercios. Aparte de una pequeña cafetera, una sartén mellada y una tetera esmaltada, en la cocina no había nada más. Esos escasos indicios no proporcionaban muchos elementos de juicio sobre Tina Cogin. Lady Helen resumió sus descubrimientos.
– Da la impresión de que no cocina aquí, ¿verdad? Claro que hay montones de restaurantes que envían comidas a domicilio en la calle Praed, y es presumible que se las hacía traer.
– Pero y si… ¿sostiene relaciones con hombres?
– Ésa es la cuestión, ¿verdad? Bien, hay una botella de vino. Quizá la diversión se limite a eso mientras el cliente y ella negocian el asunto. Vamos a ver qué más encontramos.
Lady Helen se acercó al ropero y lo abrió, revelando una hilera de trajes de noche, media docena de abrigos, uno de los cuales era de pieles, y una colección de zapatos de tacón alto intercalados entre ellos. El estante superior sostenía una serie de cajas de sombreros; el de en medio contenía una pila de saltos de cama doblados. El estante inferior estaba vacío, pero la ausencia de polvo daba a entender que algo se guardaba allí.
Lady Helen, pensativa, se dio unos golpecitos sobre la mejilla, y procedió a inspeccionar con toda rapidez la cómoda.
– Ropa interior -anunció a Deborah, tras un breve vistazo-. Parece de seda, pero me abstendré de removerla.
Cerró los cajones y se apoyó contra la cómoda, cruzada de brazos, mirando el ropero con el ceño fruncido.
– Deborah, hay algo que… Espera un momento. Déjame ver. -Entró en el cuarto de baño y gritó-: ¿Por qué no te ocupas del escritorio?
Después de abrir el botiquín, un cajón arañó la madera, un pestillo cliqueteó, un papel crujió. Lady Helen murmuró para sí.
Deborah consultó su reloj. Habían pasado menos de cinco minutos desde que entraron en el apartamento, pero le parecía una hora.
Se acercó al escritorio. No había nada encima, salvo un teléfono, un contestador automático y un bloc que Deborah, sintiéndose todo el rato como un ridículo detective de película, pero sin saber tampoco qué hacer, acercó a la luz para examinar las marcas dejadas por notas escritas con anterioridad. No distinguió nada, a excepción de la impresión dejada por un punto y aparte o el punto de una i. Registró los cajones, pero dos estaban vacíos y el tercero contenía una libreta de ahorros, una carpeta de papel manila y una tarjeta solitaria. Deborah la cogió.
– Qué extraño -comentó lady Helen desde la puerta del cuarto de baño-. Según tu vecina, se fue hace dos días, pero se ha dejado todos los productos de maquillaje. No se ha llevado ningún traje de noche, pero falta toda la ropa de diario. En el cuarto de baño hay un espantoso juego de uñas, de esas que se pegan. ¿Por qué demonios se las quitaría? Ponérselas es pesadísimo, para empezar.
– Quizá tiene otro juego -contestó Deborah-. Quizá se ha ido al campo. Puede que esté en un lugar donde no hagan falta ropas elegantes, ni uñas artificiales. La Región de los Lagos. [6] Puede que haya ido a pescar a Escocia, o a ver a unos parientes que viven en una granja.
Deborah comprendió qué insinuaban sus palabras. Lady Helen concretó la idea.
– A Cornualles -dijo, y señaló la tarjeta con un gesto de cabeza-. ¿Qué es eso?
Deborah la examinó.
– Dos números de teléfono. Tal vez uno sea de Mick Cambrey. ¿Los copio?
– Hazlo. -Lady Helen miró por encima del hombro de Deborah-. Empiezo a admirarla. Aquí me tienes, tan dependiente de mi apariencia que no me atrevería a salir a la calle sin un neceser lleno de cosméticos hasta los topes, y ahí la tienes a ella: una mujer sin términos medios. Indiferente hasta la exageración, o vestida para…
Deborah levantó la vista. Tenía la garganta seca.
– Helen, ella no pudo matarle.
Sin embargo, notó que su inquietud crecía aun antes de terminar la frase. Al fin y al cabo, ¿qué sabía de Tina Cogin? Nada, en realidad, exceptuando una única conversación en la que había revelado algo más que una pequeña debilidad por los hombres, cierta inclinación hacia la vida nocturna y preocupación por envejecer. De todos modos, era posible intuir la maldad de la gente, por más que intentara enmascararla. Era posible intuir la propensión a la ira, y no había captado nada de eso en Tina. No obstante, cuando pensó en la muerte de Mick Cambrey y en el papel que Tina Cogin había representado en su vida, Deborah se vio forzada a admitir que no estaba tan segura.
Buscó a tientas la carpeta, como si contuviera la prueba de la inocencia de Tina. En la etiqueta estaba escrito «Perspectivas». Dentro, un clip sujetaba un fajo de papeles.
– ¿Qué es eso? -preguntó lady Helen.
– Nombres y direcciones. Números de teléfono.
– ¿Su lista de clientes?
– Yo no diría eso. Mira. Hay cien nombres, como mínimo, tanto de hombres como de mujeres.
– ¿Una lista de direcciones?
– Supongo. También hay una libreta de ahorros.
Deborah la sacó de la bolsa de plástico.
– Cuéntamelo todo -dijo lady Helen-. ¿Su estilo de vida rinde beneficios? ¿Debo cambiar de trabajo?
Deborah leyó la lista de ingresos y buscó el nombre. Se quedó muy sorprendida.
– No es suya -explicó-. Es de Mick Cambrey. No sé lo que hacía, pero era muy lucrativo.
– ¿El señor Allcourt-St. James? Es un placer.
La doctora Alice Waters se levantó de la silla y despidió al ayudante de laboratorio que había acompañado a St. James hasta la oficina.
– Me pareció reconocerle esta mañana en Howenstow, pero no era el momento más apropiado para las presentaciones. ¿Qué le trae por mi guarida?
Había escogido una expresión muy adecuada, porque la oficina de la patóloga forense de Penzance era poco más que un cubículo desprovisto de ventanas, al límite de su capacidad: dos paredes ocupadas por estanterías llenas de libros; un escritorio americano antiguo; un esqueleto de prácticas médicas tocado con un casco de policía y provisto de una máscara antigás de la Segunda Guerra Mundial; montones de revistas médicas, prolijos informes, carpetas y correspondencia. El espacio libre del suelo consistía en un estrecho sendero que conducía desde la puerta al escritorio. Había una silla al lado, muy fuera de lugar, en la que se había tallado un dibujo de flores y pájaros más propio de una casa de campo que de un departamento de patología forense. La mujer ofreció a St. James una mano firme y fría, y le indicó con un ademán que tomara asiento.
– Ocupe el trono -dijo-. Circa 1675. Un buen período para las sillas, si no le molesta la decoración excesiva.
– ¿Es usted coleccionista?
– Me distrae del trabajo.
Se derrumbó en su silla, forrada de cuero agrietado y rugoso, y rebuscó entre los papeles del escritorio hasta encontrar una caja de bombones que ofreció a St. James. Cuando éste hubo efectuado su selección, proceso que la mujer observó con sumo interés, cogió un bombón para ella y lo mordió con la satisfacción de una experta gastrónoma.
– Leí un artículo suyo la semana pasada -dijo la doctora-. No pensé que tendría el placer de conocerle. ¿Ha venido por este asunto de Howenstow?
– Por la muerte de Cambrey, de hecho.
Las cejas de la doctora Waters se arquearon detrás de sus gafas de montura ancha. Terminó su bombón, se secó los dedos con la solapa de su bata y sacó una carpeta escondida bajo una alargama cuyo aspecto indicaba que no había sido regada en meses.