Aunque la señorita Bingley caminaba muy despacio, rápidamente llegaron hasta el grupo que estaba en el saloncito.
– Ah, mire, Darcy, ¡están pintando en porcelana! ¡Qué anticuado! -se rió de manera despectiva, sin molestarse en bajar la voz-. Ya nadie pinta en porcelana. ¡Nadie en Londres aceptaría hacerlo! -Darcy se dio cuenta de que, a pesar de que tenía que admitir que la señorita Bingley tenía razón en su observación, no podía compartir con ella la actitud burlona y deseó que su acompañante no hubiese exhibido su desprecio de manera tan pública.
Agradecido por haber completado por fin el recorrido del salón, Darcy dejó a la señorita Bingley entregada a las gentilezas de su anfitrión. Al ver sobre las mesas una jarra de café fuerte y caliente, aceptó una taza y fue a colocarse junto a la enorme chimenea, cuya magnífica talla en piedra dominaba el salón. Se recostó contra la piedra y trató de aliviar la tensión poniéndoles nombres a las caras que lo rodeaban, pero se dio cuenta de que no podía evitar que sus ojos buscaran a Elizabeth Bennet.
¡Allí está! Rodeada por un grupo de oficiales. Darcy sintió que la tensión de su pecho aumentaba. Ya se retira del grupo y va en busca de… ah, sí, la inestimable señorita Lucas. Darcy tenía razones para pensar bien de la señorita Lucas, amiga y confidente de Elizabeth. Sus conversaciones con la señorita Bennet habían sido las más instructivas sobre el carácter y los intereses de esta última, convirtiéndolas en algo que merecía la pena oír. Darcy había atesorado con creciente interés cada fragmento de ellas, como si estuviera reuniendo las piezas del misterio de su fascinación por ella.
Las damas estaban inmersas en una animada conversación con el coronel Forster, que parecía encontrarse muy a gusto con ambas. Darcy dejó la taza sobre una mesa y se colocó discretamente en un lugar donde pudiera oír lo que decían. Esta vez, sin embargo, el contenido de la charla fue un poco decepcionante: una campaña para organizar un baile militar que cualquier dama del salón podría llevar a cabo. El coronel capituló con elegancia, las damas le dieron las gracias, le hicieron una reverencia y siguieron su camino, con las cabezas muy juntas, intercambiando confidencias.
De repente, Elizabeth puso una mano sobre el brazo de su amiga y dirigió delicadamente su atención hacia el otro lado del salón. Darcy siguió la dirección de su mirada y, con un poco de disgusto, vio a Bingley y a la hermana mayor de la señorita Bennet, conversando en voz baja en un saloncito retirado. Esto no había pasado inadvertido a otras personas. Darcy pudo ver que la señorita Bingley estaba observando a su hermano con una molesta expresión y luego le lanzó una mirada a él, como exigiéndole que hiciera algo. Con renuencia, Darcy comenzó a atravesar el salón.
– ¿No cree usted, señor Darcy, que he actuado correctamente hace un momento, al insistir al coronel Forster en que ofreciese un baile en Meryton? -Darcy se detuvo, asombrado, al tiempo que Elizabeth se daba la vuelta y le dedicaba una sonrisa insolente, con la que acompañó su impertinente pregunta.
Durante unos segundos que parecieron eternos, Darcy pensó que no iba a poder recuperar el uso de sus facultades. Se quedó paralizado, mientras su mente se afanaba, infructuosamente, por encontrar el tipo de respuesta que exigía una pregunta semejante.
– Con gran energía; pero ése es un tema que siempre llena de energía a las mujeres -contestó con una frialdad que era la antítesis del cúmulo de emociones que se agitaban en su pecho.
Los ojos de Elizabeth brillaron al oír la respuesta y, con la barbilla ligeramente levantada, dijo:
– Es usted severo con nosotras. -La acusación quedó flotando en el aire y pareció electrizar, de una manera que resultaba a la vez alarmante y embriagadora, la distancia que había entre ellos. Darcy supo enseguida que ella se refería a algo más que su inocua observación. Las palabras que había pronunciado durante su primer encuentro no habían sido olvidadas. Era hora de presentar sus disculpas. Respiró profundo para calmarse.
– Ahora me toca insistirte a ti -intervino con cierta inquietud la señorita Lucas, tratando de disipar el antagonismo entre su amiga y el distinguido invitado de su padre-. Voy a abrir el piano y ya sabes lo que sigue, Eliza. -La chispa de desafío en los ojos de Elizabeth se convirtió en una actitud de genuina contrariedad, de la que parecía invitar a participar a Darcy, mientras cedía a la advertencia tácita de su amiga.
– ¿Qué clase de amiga eres? ¡Siempre quieres que cante y toque delante de todo el mundo! Si Dios me hubiese llamado por el camino de la música, serías una amiga de incalculable valor. -Hizo una pausa y se volvió hacia Darcy-. Pero como no es así, preferiría no tocar delante de gente que debe de estar acostumbrada a escuchar a los mejores músicos.
– ¡Lizzy! -exclamó la señorita Lucas, con un tono de angustia-. ¡Por favor, ten la bondad de complacerme!
– Muy bien. -Elizabeth suspiró con encantadora reticencia-. Si así debe ser, que así sea. -Levantó el rostro con una expresión de frialdad que respondió a la intensa mirada de Darcy-. Hay un viejo refrán que aquí todo el mundo conoce muy bien: «Guarda el aire para enfriar la sopa», así que yo lo guardaré para mi canción.
Y diciendo esto, dio media vuelta en compañía de su amiga que, aliviada, abrió el piano que estaba frente a una inmensa ventana, tal como había anunciado. El instrumento brilló a la luz de las velas. Elizabeth tomó asiento ante él. Los otros invitados se acercaron, pero Darcy se echó hacia atrás, en busca de un poco de privacidad para recuperar la compostura y evaluar lo que acababa de pasar entre él y la intrigante Elizabeth Bennet.
Indudablemente, hubo una cierta tensión, admitió, pero con seguridad sus palabras finales han sido toda una provocación. Darcy se contentó al pensarlo. Estaba seguro de que ella deseaba una disculpa. Pero ¿acaso se estaría engañando al creer que la muchacha estaría abierta a otras posibilidades, después de recibir sus excusas?
Sus pensamientos fueron interrumpidos por las primeras notas de una cancioncilla popular, que vibraron delicadamente a través del salón. Darcy reconoció enseguida que se trataba de una pieza que su hermana había estado practicando antes del desdichado incidente del verano anterior. La familiaridad de la tonada atrajo su curiosidad y lo hizo acercarse para buscar un lugar desde el cual pudiera observar a la dama sin ser visto. Tras descubrir un punto que le ofrecía una buena perspectiva del perfil de la muchacha, Darcy se sentó sin hacer ruido.
Desde el punto de vista técnico, la actuación de la señorita Elizabeth no fue la mejor, pero su interpretación transmitió una alegría y una emoción impresionantes. Luego, cuando la muchacha unió su voz a la música, Darcy se mostró encantado. Con creciente placer, se rindió al espléndido timbre de su voz, mientras éste penetraba sus sentidos. La melancólica súplica de la canción y la tierna expresión que caracterizaba los rasgos de Elizabeth al cantar despertaron dentro de él unos sentimientos jamás experimentados, tan profundos, que se extendieron rápidamente por todo su ser. Darcy se inclinó hacia delante, con intención de no perder ningún matiz, y agarró con fuerza el brazo de la silla. Era lo único que podía hacer para permanecer sentado, pues sentía una urgente necesidad de acercarse. Se imaginó inclinándose sobre ella, estirando el brazo para darle la vuelta a la partitura… y pensó en su calidez y el aroma a lavanda.
Darcy no supo en qué momento sonó la última nota de la tonada, pues estaba perdido en el hechizo que había entretejido la melodía, unida a sus fantasías. La oleada de aplausos que recorrió el salón lo volvió a traer al momento presente, pero ésta se desvaneció antes de que él pudiera sumarse a la ovación. Los gritos de «otra, señorita Elizabeth» fueron lo suficientemente insistentes como para detener a la dama cuando se levantaba de su lugar frente al instrumento. Una encantadora sonrisa reveló un dulce hoyuelo, al tiempo que ella accedía a la petición general y retomaba su lugar. Darcy no pudo evitar soltar un suspiro de satisfacción cuando la dama volvió a poner los dedos sobre las teclas.