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Roman me carga escaleras arriba, marcando cada paso con un beso. Mis pies chocan contra la pared del corredor como las asas de una vieja maleta cuando él me lleva a mi habitación. Mientras hacemos el amor, todas las dudas que tengo, todas las preguntas que hay en mi mente sobre nosotros -quiénes somos, adonde vamos y en qué nos convertiremos- desaparecen, como la luna menguante detrás de las nubes bajas de la primavera.

Me he enamorado más profundamente de este hombre el día que planeaba decirle adiós. Quizá necesite mi soledad, pero también quiero estar con él. Quizá no veo esto con la misma claridad cuando él no está, pero es de lo que estoy más segura cuando estamos juntos.

– Te amo, querida -dice.

– Me dice mucho eso, ¿sabes?

– ¿De veras? -me pregunta mientras me besa el cuello.

– «Te amo, querida» es, de hecho, una frase muy típica de las tarjetas de felicitación.

– Si me enviaras una, ¿qué pondría? -me pregunta.

– Roman, yo también te amo.

Y ahí están, las palabras que temía decir y que tienen significado, porque con ellas viene la responsabilidad de poseerlas, de moverse juntos hacia delante y de decidir en verdad quiénes somos el uno para el otro. Ahora ya no somos sólo unos amantes que descubren lo que les gusta y comparten lo que saben. En esta declaración mutua, cada uno es responsable del otro. Nos amamos y ahora nuestra relación tiene que desarrollarse lenta y hermosamente para soportar toda la alegría y la miseria que vendrán después.

Él toca con la punta de su nariz la punta de la mía, y casi siento que al mirarme tan profundamente a los ojos ve el resto de mi vida que surge como una serie de diapositivas dentro de un carrusel. Me pregunto qué busca, qué mira, luego dice:

– Nuestros hijos serán muy dichosos, ¿sabes?

– Siempre tendrán buena comida y buenos zapatos.

– Tendrán ojos marrones.

– Y serán altos -digo.

– Y serán graciosos. Tendremos una casa llena de risa -dice antes de besarme.

– Ése es mi sueño -digo yo.

Nos enmarañamos con el edredón y los cojines, que vuelan alrededor de la cama como puertas que se abren y se cierran, y cuando nos acomodamos para hacer el amor, empezamos a hacer planes. Ya no me pregunto adonde va esto, ahora lo sé.

10 Arezzo

Aparco el coche de alquiler en el arcén del camino que lleva a la cima de la colina, en Arezzo. Después del ajetreo en el aeropuerto de Roma con los impuestos y las maletas y de buscar las direcciones en el mapa de Italia, estoy feliz de poner los pies en suelo toscano.

Ya hemos llegado y, ahora, empieza el trabajo. Debemos comprar suministros para nuestros pedidos y encontrar materiales nuevos y singulares para elaborar los zapatos de mi diseño para los escaparates de Bergdorf. No será sencillo conquistar a Rhedd Lewis, pero tengo un objetivo en mente: mostrar a la compañía de zapatos Angelini como el rostro del futuro en el negocio de los zapatos artesanos. Esto quizá suene altivo, pero tenemos que buscar nuevas maneras de prosperar si queremos salvar la vieja compañía y reinventar nuestro negocio.

La abuela y yo pasamos la mayor parte del vuelo trabajando en los últimos detalles del diseño para el concurso. Hay un problema con el tacón que diseñé. La abuela dice que debe ser más sutil, mientras que yo creo que tiene que ser atrevido, arquitectónico. Entre su concepto y el mío de lo que es moderno hay medio siglo de distancia, pero está bien… La abuela me anima a usar la imaginación y aunque le gusta lo que dibujé, sabe que su experiencia también cuenta cuando se trata de elaborar el zapato soñado.

La abuela sale del coche y viene hacia mí. La brisa fría de abril nos inunda como el sol, de color yema de huevo, que empieza a sumergirse entre las colinas de la Toscana y, mientras avanza, empapa el cielo de oro y lanza su último cono de luz sobre Arezzo. Las casas del pueblo están construidas muy juntas, parecen un enorme castillo de piedra rodeado por campos de seda verde esmeralda. Las sinuosas calles adoquinadas del pueblo parecen delgadas cintas rosadas; por un momento me pregunto si el coche pasará por ellas.

Nos rodean las colinas de la Toscana, que están parceladas en granjas. Valles escalonados de tierra seca muestran hileras de olivos estilizados y parcelas cuadrangulares de girasoles brillantes. Parece una manta de patchwork, hecha de retales cosidos, explosiones de color separadas por costuras rectas. Suaves colores de primavera, azul tiza y amarillo harina de maíz, salpican las hojas verdes y florecientes mientras los tallos de la lavanda salvaje crecen al lado del camino y llenan el aire con el poderoso aroma de sus nuevos brotes.

– Este es -dice la abuela, y sonríe, con un suspiro que parece haber contenido desde que aterrizamos en Roma-. Mi lugar favorito en el mundo.

Ahora Arezzo me parece diferente. Vine a Italia durante mis años escolares, pero nos limitamos a hacer turismo. Hicimos un viaje de un día por Arezzo durante el cual saqué algunas fotografías para mi familia y de inmediato regresé al autobús. Quizás era demasiado joven para apreciarlo. En ese momento no me podía interesar menos la arquitectura o la historia familiar, pues tenía asuntos más importantes en la cabeza, como el fogoso equipo de rugby de Notre Dame, que se unió en Roma a nuestro grupo de viaje.

El lado Angelini de mi familia es originario de Arezzo. Sin embargo, no teníamos esta vista magnífica desde lo alto de la montaña, porque vivíamos valle abajo. Éramos campesinos, descendientes del antiguo sistema Mezzadri. El padrone, el señor, vivía en el pico más alto, donde podía vigilar, desde su palazzo, el cultivo de los olivos y los viñedos. Los campesinos cambiaban su trabajo por comida, le alquilaban la tierra al padrone e incluso los niños ayudaban a recoger la cosecha. Por el aspecto de este valle, puedo decir que no me habría importado ser una sierva y caminar por estos profundos campos verdes bajo del brillante cielo azul de la Toscana.

– Vamos -dice la abuela, subiendo de nuevo al coche de alquiler-. ¿Tienes hambre?

– Me muero de hambre.

Me deslizo detrás del volante. Conduzco un coche con palanca de cambio por primera vez desde hace doce años. El último coche con caja de cambios que conduje fue el Camaro 1978 de Bret Fitzpatrick.

– Al final de este viaje tendré bíceps de acero -digo.

Conduzco con cuidado dentro del pueblo. Como no hay aceras, la gente cruza las calles por donde les viene en gana. Arezzo es un refugio para los poetas. La arquitectura barroca, con sus detalles ornamentados, es el escenario perfecto para las reuniones de artistas. Esta noche los jóvenes escritores teclean en sus ordenadores portátiles sobre las escaleras de una plaza pública y en las mesas que hay debajo de los pórticos de un antiguo baño romano que ahora hospeda oficinas y pequeñas tiendas. Aquí hay un sentimiento de comunidad, de una comunidad de la que no me importaría formar parte.

La cuesta del hotel es muy pronunciada y me obliga a apretar el acelerador. Cuando alcanzo la curva del camino detrás de la plaza, la abuela me pide que pare. Señala la fachada de estuco color melocotón acentuada con vigas de madera oscura de una tienda pequeña.

– Ahí está la tienda de zapatos Angelini original -dice la abuela. El antiguo taller ahora es una pasticceria en la que se venden café y bollería-. También era la casa de la familia, vivían en la parte de arriba, como nosotras.

La segunda planta tiene puertas de cristal que desembocan en un balcón lleno de macetas de terracota con una inmensa cantidad de geranios rojos.