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– La gloria empieza por el apellido -afirmó Erik riéndose.

– Les recuerdo a los invitados que el super está desconectado; además, Yulia rogó no tocar la red -les dije.

– ¿Cómo dijiste? ¿Invitados? -indagó Ana asombrada.

– Aja -dije con cautela.

– Tienes en realidad muchas fallas en la memoria: hace medio siglo que no utilizamos la palabra "invitado" según su antigua significación. Te has encerrado tanto en la historia, que hasta eso has olvidado.

– Ahora llamamos "invitados" a los que llegan de otras fases del espacio-tiempo -aclaró Erik.

Antes de que pudiese contestarles, la voz habló de nuevo:

– La preparación del experimento se realiza conforme a los ciclos. Hasta ahora no hay ninguna desviación.

– No empezarán antes de veinte minutos -afirmó Erik.

Todos callaron. Erik no me quitaba los ojos de encima. En ellos no había rechazo, pero me alarmaban.

– Oí cuando le pidió a Yulia las fórmulas -me dijo, con un tono de voz benevolente-, y con todo placer le ayudaré. Tenemos tiempo, vamos.

Me levanté del asiento mirando de soslayo por encima de la barrera de arbustos. El mirador colgaba a la altura de un rascacielos. Abajo se oscurecían las copas de los árboles. Seguramente era un parque.

– ¡Luz! -ordenó Erik, al entrar en otra habitación y, sin dirigirse a nadie, agregó-: ¡Sólo en el rostro y la mesita!

La luz de la habitación se estrechó en un solo rayo que iluminaba ahora la mesita y nuestras caras.

– ¿Tiene las fórmulas? -inquirió Erik.

Le entregué los cartones con las fórmulas.

– Yo no las necesito -dijo riéndose-, serán su lección. Colóquelas sobre la mesa y mírelas con atención. Fije la vista sólo en las líneas de arriba, en las de abajo no es necesario. Lea las líneas de arriba unas tras otras.

– No las comprendo -aclaré.

– No importa. Solamente mire.

– ¿Cuánto tiempo?

– Hasta que le avise.

– Ustedes tienen un concentrador hipnótico aquí -dije recordando las palabras de Yulia.

– ¿Para qué lo queremos? -repuso riéndose-. Yo trabajo en base al viejo método. Ahora, míreme los ojos.

Le miré: sólo vi sus dos grandes pupilas, enormes como lámparas.

– ¡Duerma! -dijo.

No recuerdo lo que sucedió después. Creo que abrí los ojos y vi la mesita vacía.

– ¿Dónde están las fórmulas? -pregunté.

– Las tiré.

– ¡Pero si no las recuerdo!

– Así le parece. Las recordará cuando esté en su mundo. Usted es un "invitado", ¿verdad?

– Sí, es verdad -repuse.

– ¿De qué tiempo?

– Del siglo pasado. De los años sesenta.

Se sonrió en silencio, satisfecho.

– Lo comprendí al ver los datos de la observación médica. Me pareció bastante sospechosa la pérdida de la memoria. Mientras Yulia conversaba con Bogomólov, yo lo observaba. Tenía una expresión extraña al despertar en cámara, la del hombre que ve un milagro. Cuando Yulia dijo que iría en la calzada móvil, noté que usted nunca la había pisado a pesar de que corremos en ella desde hace medio siglo. Olvidó todo lo que existe en la realidad, hasta la semántica de la palabra "invitado". Así es posible engañar a los médicos; pero no a un parapsicólogo.

– Tanto mejor -dije-, ya que tengo suerte de encontrarlo. Lo más triste de todo es que me voy sin haber visto nada: ni edificios, ni calles, ni la técnica y la estructura social. ¡Aparecí en la cima de la sociedad comunista y no vi nada, a excepción de una habitación de hospital!

– ¿Y por qué dice: "en la cima"? El comunismo no es estable, sino una formación que se desarrolla constantemente. Para llegar a la cima, falta mucho todavía. Cuando se realice el sueño de Yulia, habremos dado un paso gigantesco hacia el futuro. Su siglo también lo dará, cuando haya podido reproducir las fórmulas grabadas en la mente de sus embajadores. Aunque hasta ahora se encuentren tan sólo los pensamientos y no la gente, estos encuentros enriquecerán el pensamiento de la humanidad en su avance impetuoso.

– Yo quisiera dejarle una nota a este mundo y al hombre a quien le usurpé la mente. ¿Es posible? Yo la escribiría…

– ¿Para qué? Simplemente tiene que hablar. Será la voz de él, pero las palabras de nuestro "invitado".

Miré inquieto hacia los lados.

– ¿Está buscando el grabador? No; poseemos aparatos mucho más perfectos que reproducen perfectamente la voz. Si empezara a explicarle, perderíamos mucho tiempo, mejor hable.

– Le pido perdón, Grómov, por haber usurpado su sitio en la vida durante nueve o diez horas -dije inseguro. El consentimiento de Erik me dio nuevos bríos, y agregué-: Yo soy sólo un "invitado". Grómov, y me iré tan inesperadamente como llegué. Pero deseo decirle que fui feliz al experimentar estas horas de su vida. Me entrometí en ella al lanzar a Yulia a la aventura, porque no pude actuar de otra forma. Si me hubiese negado habría actuado cobardemente, y si hubiera tratado de impedirlo habría sido un oscurantista. Sólo lamento no ver el triunfo de su hija, y junto con ella, el de la ciencia. Esta gran suerte le queda a usted.

– ¡Serguéi, Erik! -gritó Dir, entrando en la habitación-. ¡Ya empezó!

– Ya es tarde -dije al sentir acercarse la niebla.

– Ya me voy. ¡Adiós!

EN LUGAR DE EPILOGO

A través de la ventana, la calle, el viento y la lluvia. Un farol eléctrico danza en la niebla tejiendo sombras. Un autobús aparece en la calle y pasa rompiendo la barrera acuática. Es una noche otoñal de Moscú.

Yo escribo las últimas líneas de mi relato, memoria, o quizás, diario íntimo que no osaré publicar; pero que concluiré.

Kliónov llamó por la mañana informándome con exactitud la cantidad de renglones que debo escribir. Especificó que todo dependía de la reacción de la opinión científica mundial.

La sesión de la Academia de Ciencias se abrirá mañana a las diez e ignoro cuándo terminará. El programa consiste en los informes de Nikodímov y Zargarián. Hablaré yo, y luego, los científicos nacionales y extranjeros. Según Kliónov, se reunirán más de doscientas personas, sin contar periodistas e invitados, y entre ellas se encontrarán todas las estrellas eminentes de la galaxia físico-matemática. No escribo sobre el comunicado del Gobierno, por ser de, todos conocido. Las coronas de laurel, no sólo cubrieron las cabezas de Nikodímov y Zargarián, sino también la mía.

Han pasado dos meses desde aquel día en que regresé del futuro, pero me parece que fue ayer. Ese día, desperté en el laboratorio de Fausto. Me sentía cansado y como si hubiese perdido a un ser querido. A las preguntas de Zargarián respondí de mala gana. Mientras, Nikodímov me observaba y miraba lo grabado en el oscilógrafo.

– Empezamos el experimento a las diez y quince -dijo Nikodímov-, y a la una lo perdimos a usted…

– No del todo -corrigió Zargarián.

– Correcto. La visibilidad primeramente llegó hasta cero, después se restableció con debilidad y luego se elevó hasta la cifra crítica, y con una puntería mucho más exacta que la nuestra. Hablando sinceramente, no comprendíamos ni comprendemos por qué sucedió esto.

– A la una -contesté meditabundo y mirando a Zargarián-, estuvimos tú y yo en el "Sofía".

– ¿Estás loco?

– No, no estoy loco, ni delirando. Estuve contigo; aún llevabas una barba larga y tenías veinte años más. En una palabra, nos vimos en Moscú hacia el final de siglo, en el "Sofía". A propósito, aquel "Sofía" era muy diferente de éste, hasta Maiakovski parecía distinto. -Suspiré y agregué-: Y tú me lanzaste a cien años hacia el futuro. En ese momento, ustedes me perdieron… en el segundo disparo.

Ellos me miraban dudando de mis palabras. Y yo, sin fuerzas para levantarme del asiento, continué: