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– Mira, ahí tenemos un Abraham que vuelve de la evacuación.

– Sí -especificó otro-, Abraham se da prisa por recibir la medalla de la defensa de Moscú.

En la estación de Kanash, el tren se detuvo frente a un convoy de prisioneros. Los centinelas patrullaban a lo largo de los vagones de ganado, y contra las minúsculas ventanas enrejadas se apretaban las caras pálidas de los prisioneros, que gritaban: «Tabaco», «dadnos de fumar».

Los centinelas los insultaban y les obligaban a apartarse de las ventanillas.

Por la noche Shtrum se acercó al vagón vecino, donde viajaban los Sokolov. Maria Ivánovna, con la cabeza cubierta por un pañuelo de colores, estaba preparando las camas; Piotr Lavrénrievich dormiría en la litera inferior, ella, en la superior. Absorbida por la preocupación de si su marido estaría cómodo, respondía a las preguntas de Shtrum con aire distraído, olvidándose incluso de preguntar por Liudmila Nikoláyevna.

Sokolov bostezaba, se quejaba de que el calor del vagón le tenía agotado. Por alguna razón a Víktor le ofendió que Sokolov se mostrara ausente, por no hablar de la tibia bienvenida que le había dispensado.

– Es la primera vez en mi vida -dijo Shtrum- que veo a un marido obligar a su mujer a dormir en la litera de arriba, mientras que él se queda la de abajo.

Pronunció aquellas palabras en un tono irritado, y se asombró de que esa circunstancia le crispara hasta tal punto.

– Es lo que hacemos siempre -dijo Maria Ivánovna-.

Piotr Lavrénrievich se ahoga si duerme arriba, pero a mí me da igual.

Y le dio un beso en la sien a Sokolov.

– Bueno, me voy -dijo Shtrum. Y volvió a sentirse ofendido de que los Sokolov no intentaran retenerle.

Por la noche, hacía un calor sofocante en el vagón. Le venían a la mente toda clase de recuerdos: Kazan, Karímov, Aleksandra Vladímirovna, las conversaciones con Madiárov, su estrecho despacho en la universidad… Qué ojos tan encantadores y angustiados tenía Maria Ivánovna cuando Shtrum visitaba la casa de los Sokolov y pasaban la velada discutiendo de política. No había en ellos ese aire distraído y extraño que tenían hoy en el vagón.

«¡No hay derecho! -pensó-. Él duerme abajo, donde se está más cómodo y hace menos calor. Eso sí que es aplicar el Domostrói [86]

Y enfadado con Maria Ivánovna, a la que consideraba la mejor de las mujeres, buena y dulce, pensó: «Es una coneja con la nariz roja. Piotr Lavréntievich es un hombre difícil donde los haya. Parece amable y comedido, pero en realidad es arrogante, reservado y vengativo. Sí, menuda cruz aguanta la pobre».

Sin lograr conciliar el sueño, se esforzaba en pensar en los amigos que pronto vería de nuevo, en Chepizhin y muchos otros que ya conocían su trabajo. ¿Cómo le acogerían? ¿Qué dirían Gurévich y Chepizhin? A fin de cuentas, volvía como vencedor.

Recordó que Márkov, que se había ocupado de todos los pormenores de la nueva planta experimental, no llegaría a Moscú hasta dentro de una semana y que sin él no podría comenzar el trabajo. «Es una lástima que Sokolov y yo sólo seamos unos desmañados, unos teóricos con las manos torpes, inútiles…»

Sí, vencedor, vencedor.

Pero estos pensamientos discurrían perezosos, se interrumpían.

Todavía veía en su cabeza las imágenes de aquellos hombres que gritaban «tabaco», «cigarrillos», y los jóvenes que le habían llamado Abraham. Un día, Postóyev había formulado en su presencia un extraño comentario a Sokolov; le estaba hablando del trabajo de un joven físico, Landesman, y Postóyev dijo: «¿Y qué más nos aporta Landesman ahora que Víktor Pávlovich ha sorprendido al mundo con un descubrimiento de primer orden?». Luego abrazó a Sokolov y añadió: «En cualquier caso, lo más importante es que usted y yo somos rusos».

¿Habrían cortado el teléfono? ¿Funcionaría el gas? ¿Acaso la gente, más de cien años antes, cuando regresaba a Moscú tras la derrota de Napoleón, pensaría en estas tonterías?

El camión paró muy cerca de su casa, y los Shtrum volvieron a ver las cuatro ventanas de su apartamento con las cruces de papel azul que habían pegado en los cristales durante el pasado verano, la puerta principal, los tilos en los márgenes de las aceras, el letrero con la inscripción «leche» y la placa del administrador de la casa en la puerta.

– Bueno, no creo que el ascensor funcione -dijo Liudmila Nikoláyevna, y volviéndose al conductor, le preguntó-: Camarada, ¿no podría ayudarnos a subir las cosas al segundo piso?

– Claro que sí -respondió el conductor-. Pero tendrán que pagarme con pan.

Descargaron el coche y dejaron a Nadia al cuidado del equipaje, mientras Shtrum y su mujer subían al apartamento. Ascendieron las escaleras despacio, sorprendiéndose de que nada hubiera cambiado: la puerta del primer piso revestida aún de hule negro, los familiares buzones… Qué extraño que las calles, las casas, las cosas que uno olvidaba no desaparecieran; qué extraño reencontrarlas, y volverse a ver entre ellas.

Una vez Tolia, cansado de esperar el ascensor, había subido corriendo al segundo piso y desde lo alto había gritado a Shtrum: «¡Eh, ya estoy en casa!».

– Descansemos en el rellano, te estás ahogando -dijo Víktor Pávlovich.

– Dios mío -exclamó Liudmila Nikoláyevna-. Mira en qué estado se encuentra la escalera. Mañana iré a ver al administrador. Obligaré a Vasili Ivánovich a organizar los turnos de limpieza.

Ahí estaban de nuevo, frente a la puerta de su casa, el marido y su mujer.

– ¿Quieres abrir tú la puerta?

– No, no, ¿por qué? Abre tú; eres el dueño de la casa

Entraron en el piso e inspeccionaron todas las habitaciones sin quitarse los abrigos.

Liudmila tocó con la mano el radiador, levantó el auricular del teléfono, sopló y dijo:

– Bueno, ¡parece que el teléfono funciona!

Después entró en la cocina y dijo:

– Hay agua; podemos utilizar los lavabos.

Se acercó al hornillo e intentó encender el gas, pero lo habían cortado.

Señor, Señor, al fin había acabado todo. El enemigo había sido detenido. Habían vuelto a casa. Parecía que fuera ayer aquel sábado 21 de junio de 1941… ¡Todo estaba igual, y todo había cambiado! Eran personas diferentes las que habían franqueado el umbral de la casa, tenían otros corazones, otro destino, vivían en otra época. ¿Por qué todo era tan cotidiano y al mismo tiempo generaba tanta ansiedad? ¿Por qué la vida de antes de la guerra, la vida que habían perdido, les parecía ahora tan bella y feliz? ¿Por qué les atormentaba tanto el pensamiento del mañana? Cartillas de racionamiento, permisos de residencia, el cupo de electricidad, el ascensor que funciona, el ascensor averiado, la suscripción a los periódicos… De nuevo, por la noche, oír desde la cama el viejo reloj dando las horas.

Mientras seguía a su mujer, Shtrum se acordó de repente de aquel día de verano en que había viajado a Moscú, cuando la hermosa Nina había bebido vino con él; la botella vacía todavía estaba en la cocina, cerca del fregadero.

Recordó la noche en que leyó la carta de su madre que le había traído el coronel Nóvikov, y su partida repentina a Cheliabinsk. Era allí donde había besado a Nina, donde una horquilla se le desprendió de los cabellos y no lograron encontrarla. De pronto le sobrecogió el miedo. ¿Y si aparecía la horquilla en el suelo? ¿Y si Nina se había olvidado la barra de labios o la polvera?

En aquel instante el conductor, respirando pesadamente, soltó la maleta y tras mirar la habitación preguntó:

– ¿Todo este espacio es vuestro?

– Sí -respondió Shtrum con aire culpable.:

– Nosotros tenemos ocho metros cuadrados para seis personas -dijo el conductor-. Mi vieja mujer duerme durante el día, cuando todo el mundo está en el trabajo, y se pasa la noche sentada en una silla.

Shtrum se aproximó a la ventana. Nadia estaba haciendo guardia junto al equipaje que habían descargado del camión, dando saltos y soplándose los dedos.

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[86] Recopilación de textos del siglo XVI donde se recogen las reglas fundamentales de la vida doméstica, que propugnaba una sumisión total al cabeza de familia.