Un frío gélido se elevaba del río y de las tiniebla, emergía un viento contrario y despiadado. Sobre la cabeza brillaban las estrellas y no hallaba consuelo ni paz en aquel cruel cielo de hielo y fuego que dominaba su cabeza infeliz.
27
Antes de la llegada del barco a Kúibishev, elegida capital temporal durante la guerra, el capitán recibió la orden de prolongar su viaje a Sarátov para subir a bordo a los heridos que llenaban los hospitales de la ciudad.
Los pasajeros de los camarotes iniciaron los preparativos del desembarco, sacaron maletas y paquetes a la cubierta.
Se comenzaron a entrever las siluetas de fábricas, barracas, casitas con tejados de hierro, y parecía que, tras la popa, el agua chapoteara de otra manera y el motor de la nave sonara con un ritmo diferente, angustioso.
Y luego la mole de Samara, gris, rojiza, negra, comenzó a emerger lentamente entre los vidrios que centelleaban, entre los jirones de fábrica y el humo de la locomotora.
Los pasajeros que desembarcaban en Kúibishev esperaban en un lado de la cubierta. No dijeron adiós ni dedicaron siquiera un gesto de cabeza a las personas que quedaban en cubierta: durante el viaje no habían hecho amistad con nadie.
Una limusina negra, una lujosa ZIS-101, aguardaba a la viejecita con abrigo de piel siberiana y a sus dos nietos. Un hombre con la cara amarillenta, que llevaba un abrigo largo de general, saludó a la anciana y estrechó las manos de los dos niños.
Transcurridos algunos minutos, los pasajeros con niños, maletas y paquetes se esfumaron como si nunca hubieran existido.
En el barco quedaron sólo los capotes de los soldados y los chaquetones de los marineros.
Liudmila Nikoláyevna imaginó que entre gente unida por un mismo destino, marcada por el cansancio y la desgracia, le sería más fácil respirar.
Pero se equivocaba.
28
Sarátov acogió a Liudmila Nikoláyevna de manera ruda y cruel.
Nada más poner un pie en el embarcadero tropezó con un borracho vestido con capote militar, que gritándole la empujó y la insultó.
Liudmila Nikoláyevna empezó a subir por un sendero empinado y empedrado de guijarros, y luego se detuvo, jadeante, a echar la vista atrás. Abajo, entre los almacenes grises del embarcadero, blanqueaba el barco, y como si entendiera su pena, le gritó suavemente, a breves intervalos: «Anda, ve, anda…». Y ella continuó.
En la parada de tranvía mujeres jóvenes, sin mediar palabra, empujaban con diligencia a viejos y débiles. Un ciego con un gorro del Ejército Rojo, que a todas luces acababa de salir del hospital, todavía no se sabía manejar solo, se cambiaba de un pie a otro con pasitos inciertos, golpeteaba repetidamente un bastón delante de él. Como un niño se aferró ávidamente a la mano de una mujer de mediana edad. Ésta retiró la mano y se alejó haciendo sonar contra el adoquinado las suelas metálicas de sus botas. Todavía agarrado a su manga, el hombre ciego le explicó deprisa:
– Acabo de salir del hospital, ayúdeme a subir.
La mujer despotricó y lo empujó. El ciego perdió el equilibrio y se sentó en el pavimento.
Liudmila miró la cara de la mujer.
¿De dónde procedía aquel rostro inhumano? ¿Qué podía haberlo engendrado? ¿El hambre de 1921 sufrido durante su infancia? ¿La peste de 1930? ¿O toda una vida plagada de miseria?
El ciego se quedó por un instante paralizado; después se levantó y gritó con la voz de un pajarito. Tal vez, con la aguda sensibilidad de sus ojos ciegos, se veía a sí mismo con el gorro torcido, blandiendo absurdamente aquel bastón en el aire.
Seguía golpeando el bastón, y aquellos molinetes que describía en el aire expresaban su odio hacia el despiadado mundo de los videntes. La gente se daba empujones mientras se metía en el vagón; y él permanecía allí, llorando, gritando. Y aquellos a los que Liudmila con esperanza y amor había creído estar ligada por los vínculos familiares de las dificultades, las necesidades, la bondad y la desgracia era como si hubieran conspirado para no comportarse como seres humanos. Como si se hubieran puesto de acuerdo para desmentir la opinión de que el bien se puede encontrar infaliblemente en los corazones de aquellos que llevan la ropa manchada y las manos negras por el trabajo.
Algo doloroso, oscuro tocó a Liudmila Nikoláyevna, y ese contacto bastó para llenarla del frío y las tinieblas de miles de verstas, de vastas extensiones rusas miserables, para colmarla de una sensación de impotencia en la tundra de la vida.
Liudmila volvió a preguntar a la conductora dónde tenía que bajar y ésta le respondió con tranquilidad:
– Ya se lo he dicho. ¿Está sorda o qué?
Los pasajeros bloqueaban la puerta de la entrada sin responder si bajaban o no en la próxima parada; no querían moverse, como si se hubieran convertido en piedra. Liudmila se acordó de que cuando era niña había estudiado en la clase preparatoria del colegio femenino de Sarátov. En las mañanas de invierno, sentada a la mesa, bebía el té balanceando las piernas, y su padre, al que adoraba, le untaba de mantequilla un bollo todavía caliente. La lámpara se reflejaba en la gorda mejilla del samovar, y ella no tenía ganas de alejarse de la cálida mano del padre, del cálido pan, del cálido samovar.
En aquellos momentos parecía que en la ciudad no había viento de noviembre, ni hambre, ni suicidios, ni niños agonizantes en los hospitales, sino sólo calor, calor, calor.
En el cementerio local estaba enterrada su hermana mayor, Sonia, muerta a causa de la difteria; Aleksandra Vladímirovna le había puesto de nombre Sonia en honor a Sofía Lvovna Peróvskaya [33]. Y en aquel cementerio también estaba enterrado el abuelo.
Se acercó al edificio de dos plantas de la escuela, el hospital donde estaba Tolia.
No había centinela en la entrada, lo cual le pareció una buena señal. De pronto la embistió una ráfaga de aire tan sofocante y viscoso que ni siquiera las personas extenuadas de frío disfrutaban de aquel calor y preferían volver a la intemperie. Pasó por delante de los lavabos donde todavía se conservaban las tablillas con los rótulos «niños» y «niñas». Atravesó el pasillo, impregnado del olor de la cocina, y más adelante entrevió, a través de una ventana empañada, varios ataúdes rectangulares dispuestos en el patio interior, y una vez más, como cuando estaba en la entrada de su casa con la carta todavía sin abrir en la mano, se dijo: «Oh, Dios mío, si pudiera morir ahora mismo». Pero siguió avanzando con grandes pasos a lo largo de una alfombra gris y, después de rebasar una mesita con plantas de interior que le resultaban familiares -esparragueras y filodendros-, se acercó a una puerta donde, al lado del cartel «Cuarta clase», colgaba un letrero escrito a mano: «Recepción».
Liudmila agarró el mango de la puerta y la luz del sol que atravesaba las nubes golpeó la ventana, y todo alrededor se iluminó.
Minutos más tarde un locuaz empleado repasó las tarjetas de una caja grande que brillaba a la luz del sol y le dijo:
– Bien, entonces busca usted a Sháposhnikov A. V., Anatoli Ve…, veamos… Tiene suerte de no haberse encontrado con nuestro comandante con el abrigo todavía puesto, le habría hecho la vida difícil… Veamos… entonces Sháposhnikov…, sí, sí, aquí está… Teniente, exacto.
Liudmila seguía con la mirada los dedos que sacaban la ficha de la caja de madera contrachapada y le parecía estar ante Dios: en sus manos estaba pronunciar «vivo» o «muerto». Y justo en ese instante el locuaz empleado hizo una pausa para tomar una decisión.