Abarchuk se puso a trabajar en el almacén de herramientas. Su ayudante, un tal Bárjatov, que tiempo atrás había degollado a una familia de seis miembros para robarles, estaba encendiendo la estufa con un trozo de leña de cedro y desechos de serrería; Abarchuk ordenaba las herramientas dispersas por las cajas. Le parecía que la punta afilada de las limas y los buriles, impregnados de un frío abrasador, expresaba la sensación que había experimentado durante la noche.
Aquel día no se diferenciaba en nada de los anteriores. Por la mañana el contable había enviado a Abarchuk los pedidos de herramientas que les habían formulado de campos lejanos, ya aprobados por el departamento técnico. Ahora tenía que sacar el material y las herramientas correspondientes, embalarlo en cajas, cumplimentar el inventario adjunto. Algunos envíos estaban incompletos y había que redactar unos certificados especiales.
Como de costumbre Bárjatov no hacía nada y obligarle a trabajar era imposible. Cuando llegaba al almacén sólo se ocupaba de cuestiones de alimentación, y aquel día, desde primera hora de la mañana, se había puesto a hervir en la olla una sopa de patatas y hojas de col. Un profesor de latín del Instituto Farmacéutico de Járkov, ahora recadero en la primera sección, se escapó para hacer una visita a Bárjatov; con los dedos rojos y temblorosos volcó sobre la mesa algunos granos de mijo sucios. Bárjatov le chantajeaba por algún asunto.
Por la tarde, la sección de finanzas llamó a Abarchuk: en sus cuentas no cuadraban los números. El subjefe de la sección le gritó, lo amenazó con mandar un informe a su superior y estas amenazas le provocaron náuseas. Solo, sin ayuda, no lograba sacar adelante todo el trabajo, pero al mismo tiempo no se atrevía a quejarse de Bárjatov. Estaba cansado, tenía miedo de perder el puesto de almacenero e ir a parar de nuevo a la mina o a la tala de árboles. El pelo se le había vuelto cano, había perdido la fuerza… Ése era el motivo de su ataque de angustia: su vida se le había ido bajo el hielo siberiano.
A su regreso de la sección de finanzas Bárjatov dormía con la cabeza apoyada sobre unas botas de fieltro que, al parecer, le había traído uno de los delincuentes comunes; al lado de la cabeza estaba la cacerola vacía y en la mejilla tenía pegado el mijo del botín.
Abarchuk sabía que a veces Bárjatov se llevaba herramientas del almacén y, por tanto, era posible que las botas fueran fruto de una operación de intercambio de material del almacén. En una ocasión que Abarchuk advirtió la falta de tres limas le dijo:
– ¡Robar en la Gran Guerra Patria el escaso metal! Debería darte vergüenza…
Y Bárjatov le había replicado:
– Tú, piojo, cierra el pico, ¡si no, verás!
Abarchuk no se atrevió a despertar a Bárjatov directamente; en su lugar se puso a hacer ruido, a ordenar sierras de cinta, tosió, dejó caer un martillo. Bárjatov se despertó y le siguió con la mirada, una mirada tranquila y despreocupada. Después dijo en voz baja:
– Un chico del convoy de ayer me contó que hay campos peores que éste. Los zeks llevan cadenas y medio cráneo afeitado. Sin nombre, sólo un número cosido sobre el pecho, sobre las rodillas, y en la espalda un as de diamantes.
– Patrañas -replicó Abarchuk.
Bárjatov siguió con voz soñadora:
– Habría que enviar allí a todos los políticos fascistas -anunció-. Y a ti, carroña, el primero, así no volverías a despertarme.
– Disculpe, ciudadano Bárjatov, si he interrumpido vuestro reposo -dijo Abarchuk.
Generalmente temía a Bárjatov, pero esta vez no lograba controlar su rabia.
A la hora del relevo llegó Neumolímov, negro del polvo de carbón.
– Bueno, ¿cómo va la emulación? [43] -preguntó Abarchuk-. ¿El pueblo participa?
– Poco a poco. Que el carbón es necesario para el frente es algo que todos comprenden. Hoy nos han llegado carteles de la sección cultural y educativa [44] «Ayudemos a la patria superando la cuota de trabajo fijado».
Abarchuk suspiró.
– ¿Sabes qué? Alguien debería escribir un tratado sobre los tipos de angustia en los campos. Una te oprime, otra te agobia, la tercera te ahoga, no te deja respirar. Y hay una especial, una que ni te ahoga ni te oprime ni te agobia, sino que desgarra al hombre por dentro, como un monstruo de las profundidades del mar que de repente sale a la superficie.
Neumolímov dibujó una sonrisa triste, pero los dientes no le brillaron, los tenía todos estropeados y se confundían con el color del carbón.
Bárjatov se acercó a ellos y Abarchuk, volviéndose, le dijo:
– Andas siempre con tanto sigilo que haces que me sobresalte: te encuentro a mi lado cuando menos me lo espero.
Bárjatov, un hombre que nunca sonreía, dijo con aire serio:
– ¿Tienes algo en contra de que haga una incursión al almacén de víveres?
Cuando se fue, Abarchuk le confió a su amigo:
– Esta noche me acordé del hijo que tuve con mi primera mujer. Lo más probable es que haya partido al frente. Luego se inclinó hacia Neumolímov y siguió:
– Me gustaría que el chico se convirtiera en un buen comunista. Me imaginaba que me encontraba con él y le decía: «Recuerda, el destino de tu padre no importa, es una tontería, pero la causa del Partido es sagrada. ¡La ley suprema de nuestro tiempo!».
– ¿Lleva tu apellido?
– No -respondió Abarchuk-, pensaba que se convertiría en un pequeño burgués.
Por la noche y también la noche del día antes había pensado en Liudmila. Deseaba verla. Buscaba en los trozos de periódicos moscovitas esperando leer de repente: «Teniente Anatoli Abarchuk». Entonces comprendería que el hijo había querido llevar el apellido de su padre.
Por primera vez en su vida tenía ganas de que alguien lo compadeciera; se imaginaba acercándose al hijo, la respiración entrecortada, y se señalaría el cuello con la mano: «No puedo hablar».
Tolia le abrazaría y él apoyaría la cabeza sobre su pecho y rompería a llorar sin avergonzarse, con amargura, con tanta amargura… Permanecerían así mucho tiempo, el uno frente al otro, el hijo una cabeza más alto que el padre…
Tolia probablemente siempre estaría pensando en su padre. Habría buscado a sus viejos camaradas, quienes le habrían contado cómo su padre había luchado por la Revolución. Tolia le diría: «Papá, papá, el pelo se te ha puesto todo blanco, qué cuello tan delgado, arrugado… Has combatido todos estos años, has librado una batalla solo, una batalla enorme».
En el curso de la instrucción le dieron tres días seguidos comida salada, sin darle de beber; le pegaron.
Al final comprendió que lo que querían no era tanto obligarlo a firmar una declaración de sabotaje o espionaje, ni inducirlo a acusar a otras personas. Lo que se proponían, sobre todo, era instalar en él la duda sobre la justicia de la causa a la que él había consagrado toda su vida. Durante la instrucción llegó a pensar que había caído en manos de unos bandidos, y que tal vez bastaría obtener una entrevista con el jefe del departamento para descubrir el pastel y que detuvieran a aquel juez instructor criminal que en realidad era un malhechor.
Sin embargo, con el paso del tiempo se había dado cuenta de que no se trataba sólo de algunos sádicos.
Había aprendido las leyes que regían los trenes y barcos de prisioneros. Había visto cómo los presos comunes se jugaban a las cartas no sólo los bienes ajenos sino las vidas ajenas. Había sido testigo de lamentables depravaciones y traiciones, y visto la India [45] criminal, histérica, sanguinaria, vengativa e increíblemente cruel. Vio riñas terribles entre los perros, los que aceptaban trabajar, y los ladrones honrados [46], los ortodoxos que se negaban a trabajar.
[43] Emulación socialista (sotsialistícheskoye sorevnovanie), singular concepto de competitividad entre grupos de trabajo e individuos surgida en la URSS, opuesto al concepto de competencia capitalista.
[44] Departamento de la administración de los campos penitenciarios.
[45] En el argot de los campos penitenciarios soviéticos, India se refiere al barracón de la chusma; albergaba a los prisioneros que habían perdido toda su ropa en juegos de cartas.
[46] Perros (suki): cofrades que han traicionado el código de honor aceptando trabajos prohibidos por el hampa, como ayudar a levantar muros de prisiones, colocar alambre de espino o dirigir brigadas de trabajo correctivo. Enemigos de los ladrones decentes, quienes los odian a muerte. Solzhenitsin explica detalladamente esta clasificación en Archipiélago Gulag.