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El deseo de la felicidad se había evaporado, pero en su lugar habían aparecido infinidad de aspiraciones y proyectos: desembarazarse de los piojos… levantarse hasta la rendija y respirar un poco de aire puro… poder orinar… lavarse al menos un pie… y además el deseo, el deseo vivo en todo el cuerpo, de beber.

La habían arrojado en aquel vagón y, mientras miraba en la penumbra, que en un primer momento le había parecido oscuridad total, había oído una risa en voz baja.

– ¿Es que hay locos que ríen aquí dentro? -preguntó.

– No -respondió una voz de hombre-, estamos contándonos chistes.

Alguien musitó melancólicamente:

– Una judía más en nuestro desventurado convoy.

De pie al lado de la puerta, Sofía Osipovna entornaba los ojos para acostumbrarse a la oscuridad y respondía a las preguntas que le hacían.

Además de los llantos, los gemidos, el hedor, la envolvió una atmósfera de palabras y entonaciones olvidadas desde la infancia…

Sofía Ósipovna quiso adentrarse más en el vagón, pero no pudo avanzar. Notó una pierna delgadita con pantalones cortos y se disculpó:

– Perdóname, pequeño, ¿te he hecho daño?

Pero el muchacho no respondió. Entonces dijo dirigiéndose a la oscuridad:

– ¿La mamá de este niño mudo podría decirle que se moviera? No puedo quedarme todo el rato de pie.

Desde un rincón se oyó una voz de hombre teatral, histérica:

– Tendría que haber enviado un telegrama de antemano, entonces le habríamos reservado una habitación con baño.

– Imbécil -profirió Sofía Osipovna.

Una mujer cuya cara ya podía distinguir en la penumbra dijo:

– Siéntese a mi lado, aquí hay sitio de sobra.

Sofía Osipovna sintió que se apoderaba de sus dedos un temblor rápido, ligero.

Era el mundo de su infancia, el mundo de los shtetl, y pudo constatar cómo había cambiado todo.

En el vagón había trabajadores de cooperativas, radio-técnicos, estudiantes de una escuela de magisterio, profesores de un instituto profesional, un ingeniero de una fábrica de conservas, un zootécnico, una chica veterinaria. Antes en los shtetl no se conocían aquellas profesiones. Pero Sofía Ósipovna no había cambiado, seguía siendo la misma niña que tenía miedo de papá y la abuela. ¿Era posible que aquel mundo, en el fondo, tampoco hubiera cambiado? Por otra parte, ¿qué importancia tenía? Viejo o nuevo, el mundo del shtetl rodaba hacia el abismo.

Oyó la voz de una mujer joven que decía:

– Los alemanes de hoy en día son unos salvajes; ni siquiera han oído hablar de quién es Heinrich Heine.

Desde otro rincón replicó una voz de hombre en tono burlón:

– Ya, pero a fin de cuentas estos salvajes nos transportan como ganado. ¿De qué nos sirve saber quién es ese Heine?

A Sofía Ósipovna le hicieron preguntas sobre la situación en el frente, y dado que no contó nada bueno, le dijeron que estaba mal informada; comprendió que aquel vagón de ganado tenía su estrategia, cimentada en un ardiente deseo de vivir.

– Pero ¿es que no sabe que a Hitler le han enviado un ultimátum para que libere inmediatamente a todos los judíos?

Sí, sí, por supuesto. Cuando el sentimiento de melancolía bovina, de irremediable fatalismo se transforma en un lacerante sentido del horror, el absurdo opio del optimismo acude en ayuda de los hombres.

Muy pronto desapareció el interés por Sofía Ósipovna, y pasó a convertirse en otra viajera como los demás, que no sabe para qué y adónde se la llevan. Nadie le preguntó su nombre ni su patronímico; nadie recordó su apellido. Sofía Ósipovna constataba con estupor que, aunque el proceso de evolución había llevado millones de años, habían bastado pocos días para hacer el camino inverso, el camino que va del ser humano a la bestia sucia y miserable, desprovista de nombre y de libertad.

Le sorprendía que en aquella enorme desgracia que se había abatido contra ellos aquellos hombres continuaran preocupándose de nimiedades cotidianas, que se irritaran entre sí por tonterías.

Una mujer anciana le dijo en un susurro:

– Doctora, mire a aquella grande dame que no se mueve de la rendija, como si su hijo fuera el único que necesitara aire fresco. Madame se va al balneario.

Durante la noche el tren se detuvo dos veces, y todo el vagón oyó el crujido de los pasos de los centinelas y captaba sus incomprensibles palabras en ruso y alemán.

La lengua de Goethe sonaba horrible en medio de la noche en las estaciones rusas, pero el ruso que hablaban los colaboradores de la policía alemana era todavía más siniestro.

Por la mañana Sofía Ósipovna sufría el hambre como todos y soñaba con un trago de agua. Incluso había algo patético y esmirriado en su sueño. Veía una lata de conservas abollada, en cuyo fondo quedaba un poco de líquido tibio. Y se rascaba con pequeños movimientos rápidos y bruscos, como hacen los perros cuando se buscan las pulgas.

Ahora creía haber comprendido la diferencia entre vida y existencia. Su vida se había acabado, interrumpido, pero la existencia seguía, se prolongaba. Y aunque aquella existencia era miserable, el pensamiento de una muerte cercana le colmaba el corazón de terror.

Comenzó a llover; algunas gotas entraron por la ventanilla enrejada. Sofía Ósipovna rompió un ribete de tela del dobladillo de su camisa, se arrimó a la pared del vagón y deslizó la tira por una hendidura. Luego esperó a que el trozo de tela se empapara de agua de lluvia, lo sacó y se puso a masticar la tela fresca y húmeda. También sus vecinos comenzaron a arrancar trozos de tela, y Sofía Ósipovna se sintió orgullosa de haber encontrado un medio de capturar la lluvia.

El niño al que Sofía Ósipovna había empujado al entrar en el vagón estaba sentado a pocos pasos de ella y observaba a la gente deslizar trozos de tela por la rendija que quedaba entre la puerta y el suelo. En la luz incierta distinguió su cara delgada de nariz afilada. Debía de tener seis años. Sofía Ósipovna pensó que desde que ella había entrado en el vagón nadie le había dirigido la palabra al niño y él había permanecido inmóvil y mudo.

– Cógelo, hijo.

No se movió.

– Tómalo, es para ti -insistió ella, y el niño alargó la mano, indeciso.

– ¿Cómo te llamas? -preguntó.

Éste respondió en voz baja:

– David.

La vecina de Sofía, Musia Borísovna, le explicó que David era de Moscú. Había ido a pasar las vacaciones a casa de su abuela y la guerra lo había separado de la madre. La abuela había muerto en el gueto y otra pariente suya, Rebekka Bujman, que viajaba con su marido enfermo, no permitía al niño siquiera que se sentara a su lado.

Al final del día Sofía Ósipovna estaba saturada de escuchar conversaciones, relatos, discusiones; también ella se había puesto a hablar y a discutir.

Cuando se dirigía a sus interlocutores, decía:

– Brider yidn [49], escuchad lo que os digo…

Muchos aguardaban con esperanza el final del viaje creyendo que los conducirían a campos donde cada uno trabajaría según su especialidad y los enfermos serían instalados en barracones para impedidos. Hablaban del tema incesantemente. Pero un alarido mudo se había alojado misteriosamente en sus corazones y no les abandonaba.

Por los relatos de sus compañeros de viaje Sofía Ósipovna supo cuánta inhumanidad hay en el ser humano. Le contaron que una mujer había puesto a su hermana paralítica en una palangana y la había sacado fuera de casa en pleno invierno para que muriera de frío. Le contaron que había madres que habían matado a sus propios hijos y que una de ellas viajaba en el vagón. Le contaron de personas que habían vivido escondidas durante meses en las alcantarillas, como las ratas, alimentándose de inmundicias, dispuestas a cualquier sufrimiento para salvar la vida.

La vida de los judíos bajo el fascismo era horrible, y los judíos no eran ni santos ni malhechores, eran seres humanos.

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[49] «Mis hermanos judíos», en yiddish.