No se trataba de una pócima de iboga, como había creído el forense en un primer momento, sino de una mezcla elaborada con dos plantas y una raíz, la uphindamshaye, la uphind'umuva y la mazwende. Mezcladas en forma de polvo, constituían la base del intelezi, un ritual zulú previo al combate.
El intelezi podía insertarse bajo la piel en forma de polvo, o se podía dejar macerar en la boca antes de escupírselo al enemigo en la cara. Era lo que le había ocurrido a Kate…
En la mirada de Neuman brilló una chispa malévola: al escupir sobre su víctima, ese loco les había desvelado su ADN.
La sala eléctrica, los altavoces rugiendo en el escenario lleno de humo, el acople de los micrófonos, que sonaba como el grito de una sirena, imágenes de matanzas proyectadas sobre placas de metal, Soweto 76, las revueltas del 85, las del 86, rostros de ahorcados, de torturados, Zina en trance bajo el redoble de los tambores, su gran cuerpo humeante y sus ojos de loca que lo perseguían todas las noches…
– Tenga cuidado -le dijo al verlo ante la puerta de su camerino, o le pasará como a la pobre Nicole…
El 366 era el local de Long Street donde el grupo actuaba aquella noche. Zina sabía que Ali volvería. Todos volvían.
– Ya no se trata de Nicole sino de Kate -le dijo él-: Kate Montgomery… ¿Está al corriente?
Zina suspiró, exasperada, abrió la puerta de su camerino y la cerró tras él.
– ¿Por qué viene a hablarme de esa chica?
La bailarina cogió una toalla que había sobre el tocador y se secó los brazos empapados en sudor. Neuman extrajo un papel doblado de su bolsillo.
– Me gustaría que le echara un vistazo a esto -le dijo.
– ¿Qué es, una declaración de amor?
– No. El resumen del informe de la autopsia.
– No ha cambiado, sigue siendo un experto en cómo hablar con las mujeres.
– Uno no se encuentra todos los días con alguien como usted.
– ¿Cómo debo tomarme eso?
– Depende mucho de usted -dijo, tendiéndole la hoja de papel.
La bailarina la leyó con aire desenvuelto.
– Uñas cortadas, mechones de pelo -comentó-, es el kit básico para un remedio de charlatán. Un muti que querrá elaborar… ¡Vaya!, veo que también hay plantas raras, uphindamshaye, uphind'umuva, mazwende… ¿Es que no tienen botánicos en la policía?
– Lo que no tenemos sobre todo son culpables.
– Pues no faltan en Sudáfrica.
– Es usted una inyanga, ¿verdad?: una herbolaria…
– Y yo que creía que usted pensaba que lo mío era elaborar pócimas para jovencitas frívolas.
– Me equivocaba con respecto a usted.
– Yo también, si eso lo tranquiliza.
No.
– ¿Esas plantas raras forman la base de un intelezi?… -preguntó.
– ¿Por qué hace preguntas cuyas respuestas ya conoce?
– Es mi trabajo, mire usted por dónde. ¿Y bien?
– Sí -confirmó Zina-: un ritual zulú previo al combate.
– ¿Puede decirme algo más?
La bailarina buscó en sus ojos, pero en ellos ya no se reflejaba nada.
– La composición del intelezi varía en función de si lo que se busca es debilitar al adversario o reforzar el arma del guerrero -dijo-. Vista la composición de éste, yo diría que se ha empleado para reducir la fuerza del adversario.
– Matar salvajemente a unas chicas a golpe de maza, yo a eso no lo llamaría combate.
– Quizá no sea con chicas con quien busca medirse -observó ella.
– ¿Con quién entonces, con la policía?
– Con usted, con el gobierno, con los blancos que llevan las riendas. Si su hombre se cree un guerrero zulú, se siente capaz de desafiar al mundo entero.
Neuman no sabía si era la droga lo que le daba al asesino esa sensación de ser invencible, si tenía intención de llevarle el muti a alguna de las sangomas del township, si atacaba a esas chicas por racismo, por cobardía o por locura pura y dura: su mirada se perdía en los dibujos naranja de la moqueta.
– ¿De qué tiene miedo? -le preguntó ella a bocajarro.
Neuman levantó la cabeza.
– En cualquier caso, no de él.
– Le tiemblan las manos -observó ella.
– Puede ser. ¿Quiere saber por qué?
– Sí.
Aunque estaba inmóvil, las piernas de Neuman no lo sostenían.
– Tengo una lista de los crímenes cometidos en las ciudades en las que estuvieron de gira -soltó de golpe-, usted y su grupo: hay al menos tres asesinatos no resueltos, todos de ex altos funcionarios que ejercieron su cargo durante el régimen del apartheid.
La bailarina se ajustó la toalla al cuello. No esperaba oír eso. Sus ojos le habían mentido. No la quería. Le tendía trampas. Desde el principio, la estaba acorralando, como el cazador a su presa.
– ¿Envenenó a Karl Woos con uno de sus filtros de amor? -le preguntó.
– No soy una mantis religiosa.
– Woos, Müller y Francis no testificaron en la Comisión Ver dad y Reconciliación -dijo-: ¿los liquidó por la impunidad de la que disfrutaron? ¿Sigue usted ajustando cuentas con el pasado?
Zina retomó su postura de ex militante.
– Le habla a un fantasma, señor Neuman.
– ¿Ha matado usted en nombre del Inkatha?
– No.
– ¿Podría matar en nombre del Inkatha?
– Soy zulú.
– Yo también: nunca he matado por ello.
– Lo habría hecho por el ANC -dijo ella entre dientes-. Lo habría hecho por vengar a su padre.
Sabía lo de su padre.
– Sigue militando en el Inkatha -dijo Neuman bajito-. Al menos extraoficialmente…
– No. Lo que hago es bailar.
– Eso es simple miel para atraer a las abejas.
– Odio la miel.
– Otra vez miente.
– Y usted delira: le guste o no, lo que hago es bailar.
– Sí, bailar… -Neuman dio un paso hacia el tocador, donde la había arrinconado-. ¿Su próximo objetivo está aquí, en Ciudad del Cabo? ¿Ya ha establecido contacto con él?
– Está usted delirando -repitió ella.
– ¿Ah, sí?
Un breve silencio saturó el aire del camerino. Zina le cogió las manos, que ardían por la fiebre y, con decisión, posó los labios sobre los suyos. Neuman no se movió cuando la mujer le introdujo la lengua en la boca: él era su objetivo…
Zina lo estaba besando, con los ojos muy abiertos, cuando la melodía de su móvil sonó en su bolsillo.
Era Janet Helms.
– He encontrado el ADN del sospechoso en nuestros ficheros -dijo.
Sam Gulethu, nacido el 10/12/1966 en el bantustán de KwaZulu. Su madre, sin profesión, fallece en 1981, y su padre, dos años antes, en las minas. Deja su aldea natal cuando es aún un adolescente antes de vagar sin rumbo en busca de un pass para trabajar en la ciudad. Acusado de asesinar a una adolescente en 1984, cumple una primera pena de seis años en la cárcel de Durban. Entra en las filas de los vigilantes del Inkatha en 1986, en la época del estado de emergencia [41], hasta el final del régimen segregacionista. Sospechoso de varios asesinatos de opositores durante el período de agitación que precedió a las elecciones democráticas, Gulethu es amnistiado en 1994. Se vuelve a encontrar su rastro en 1997, cuando es condenado a seis meses de prisión por tráfico de estupefacientes, y después a dos años por robos con violencia, penas que cumple en la cárcel de Durban. Se traslada a la provincia del Cabo, donde pasa a formar parte de distintas bandas del township de Marenberg. Tráfico de marihuana, atracos en autobuses y trenes. Es condenado de nuevo en 2002, esta vez a seis años de prisión por agresión, secuestro y torturas, pena que cumple en la cárcel de Poulsmoor. Sale en libertad el 14/09/2006. No acude a ninguna de las citas concertadas con los servicios sociales de Marenberg, ciudad en la que se suponía que debía elegir domicilio. No se le conocen actividades de sangoma. Probablemente habrá vuelto a integrarse en alguna de las bandas del township. Signos característicos: marcas de viruela en el rostro, ausencia de un incisivo en la mandíbula inferior, araña tatuada en el antebrazo derecho…